AMOR Y FE

Por Antonio Vázquez Bayón.

Málaga, 7 de Octubre del 2019.

La vida, desde hace unos meses atrás, me ha hecho conocer multitud de detalles que antes desconocía, ni sabía de su existencia. Esos mismos detalles me han dejado tan sombrado que a veces, las palabras cuestan poder sacarlas de las alforjas del alma ante tanta magnificencia acaecida sobre mis ojos, nublados por lágrimas. Pues aunque algunos me tomen por loco, el ser humano es capaz de superarse así mismo en muchos aspectos cotidianos… yo me detengo en uno esencial para la vida de muchos: la propia fe.

Ocurrió no hace mucho. Desde las alturas del Paraíso, el prodigioso Valdés Leal, había vuelto a tomar sus pinceles para plasmar sobre el lienzo del cielo, un firmamento nocturno salpicado de traviesas estrellas que iban y venían, haciendo juego con la luces que se reflejaban en las playas de la ciudad de Málaga; urbe del sol, de la mezcla cultural en pleno siglo XXI donde sus largas avenidas y calles ofrendaban al visitante una visión moderna de la Andalucía quasi oriental.

Esa cultura, desde hace siglos inmemoriables, se refleja en la mirada de un hombre hebreo, un galileo que narran los escritos de antaño proveniente de Nazaret, quién vino a rebajarse hasta el tránsito de un mortal para ofrendar a los semejantes de su raza la paz, el amor y la comunión entre todos. Mas esta tierra, al ser soberana y conocedora de la auténtica historia, alaba a este ser divino como Redentor y Rey del universo sobre altaneros tronos donde este simpar Príncipe y Heredero del Imperio que no halla final en sus territorios para dar testimonio de su persona.

Por eso, aquellas altar horas de la madrugada, me corroboraron el enigma del que no encontraba nada más que difícles cuestiones.

El viejo barrio de la Victoria, se cuajó de dicha y fiesta en un triunfal regreso desde la Seo malagueña de uno de sus más Ilustres Vecinos. En el rostro de sus vecinos, se atisbaba una sonrisa por el trabajo bien hecho y la ilusión de volver a verlo, puesto que no todos los años salía hasta en tres ocasiones para entablar conversación con ésos que por la edad, el cansancio y la veteranía de su cuerpo, podían apenas dar unos pasos al frente.

Todo avanzaba, el cortejo quedó en su Morada. El sueño de apoderó desde los más pequeños hasta los alcanzados en la plenitud de la edad madura, pero no importaba… un último esfuerzo para fijar sus visiones hacia el gran portalón, ante el sonido incesante del dolor hecho connotación musical sobre las cornetas y el retumbar de los tambores.

Parecía que nunca llegaría. Parecía un sueño desperezado entre los cabellos de una joven al despuntar del alba sobre el lecho nupcial, mas sí, llegó. Parecía, la jornada donde las palmas y los ramos se divisan como sonrisa en la tierna mirada de los niños en su primer sendero por el recuerdo de la dura penitencia, pero no había hábitos ni largos capirotes, ni horarios a la llegada punta para entrar en el recorrido oficial, ni vallas o asientos donde aguardar… Ése, fue el motivo por el que el reloj decidió detener sus caprichosas manecillas y dejar que fuera Él, quién tomara el timón de su gran galeón dorado para llevar buen ritmo hasta atracar a los pies de su Madre, su bendita Progenitora; la Santa Portadora de la Merced de sus sueños en muchos días que había necesitado de su ayuda.

Toda espectación era poca para lo que realmente merecía su presencia, una presencia de más de tres siglos anidado en uno de los más bellos enclaves, como si de un oásis en mitad del desierto se tratara. Un silencio sepulcral hizo acto de presencia por ti. Tú, que despacio caminabas, con la tez morena y sudorosa en la mezcla de la sangre causada por los espinos que coronan tu frente, las rodillas nunca vencidas sino firmes ante la ardua tarea encomedada por el Creador. Estabas abatido por el dolor mas nunca por la servidumbre a aquéllos que gritaban al viento con voz sonora tu muerte, un perecimiento nunca triunfal puesto que los tuyos no lo permitirián jamás.

Y entre tanta atención, los privilegiados de portar tu retablo itinerante, avanzaban al compás de la dorada campana abrazando los remos de tu embarcación, como tu abrazaste nuestros pecados cuando tomaste la cruz. Dientes que rechinaban, ceños fruncidos, trabajo imposible ante las dificultades del suelo… no importaba, todo era para que tu prosiguieran tu sencilla bendicón al pueblo congregado, con las sienes cabizbajas en gesto el cual, signifacaba la verdadera esencia del poder y la gloria que germinaba en tus entrañas.

Quejidos sonoros de tus navegantes, apretando aún con mayor fuerza las andas donde el peso caía en sus hombros como roca invisible y temerosa ¿qué más dará? ¿no hay mayor premio que ser tu lazarillo para guiarte como la eterna oscuridad de un ciego?.

Fe, amor, pasión, dulzura, sentimiento y añozaranza errante, las ropas con las que te vistió la brisa sobre tu espalda desnuda, martirizada ante la flaglación injusta de los altos cargos romanos.

Ahí, fue justamente ahí cuando lo comprendí todo, cuando realmente entendí el mensaje que quisiste ofrecerme esa madrugada a pesar de la distancia que a ambos nos separaba de tu belleza hecha talla de madera, una madera que tras la unción sagrada, sin hallar el motivo exacto cobra vida… una vida que nos ofreces al ocaso de la propia terrenal, una eternidad tras el trance terrible del vagaje por el desdichado valle de lágrimas que los manchados por el primitivo pecado de Eva, estamos sentenciados a pasar.

Los pasos quedaron marcados y nunca se disiparon como se borran las huellas entre las dunas, o como los surcos que dejan los ríos al secarse tras jornadas con sus noches sin precipitación. Tú, Señor, demostraste que 325 años después, la esencia de tu advocación sigue pendiendo amorosamente entre los corazones de los malagueños.

No cesaré en pregonar el epílogo y el prólogo del significado de tu Palabra como única verdad… la verdad del trovador danzando entre las letras de tu mismo sentir, Mi Señor de la Humildad.

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