Cinco veces cinco

Por Antonio Vázquez Bayón.

Mairena del Aljarafe (Sevilla), 9 de Octubre del 2019.

Como el suspiro emanado de los labios de dos amantes tras su inesperado mas apasionado encuentro por entre los callejones de un blanco pueblo andaluz, las páginas del almanaque se han ido sucediendo como gotas derramas sobre el mármol de una fuente.

Una vez más, como ya es costumbre, las lluvias marcharon con su melancólico adiós, las flores adornan los balcones de las casas y embriagaban con sus perfumes los anchos parques o jardines, y el caprichoso verano desea adelantarse a los tiempos primaverales para hacer acto de presencia entre las anchas y viejas tradiciones albergadas dentro del impetuoso corazón de Andalucía.

Entre tanto, en una localidad próxima a la capital hispalense, al igual que otros esparcidos por el verdeo andaluz, ultiman detalles y preparativos para lo que cada año, muchos acontencen con ilusión junto al resto de sus familias o amigos… pero, no en todos los hogares se respira la dicha de la fiesta, la invasión de sencillos volantes o pequeñas peinetas que adornarán el pelo de alguna joven coqueta, o tampoco se dibuja la silueta de chaquetillas camisas o sombreros.

Eso le pasa… a ella. Con la fachada sin siquiera adornar y las ventanas semicerradas, Matilde que contaba sobre su cuerpo con 24 primaveras, estaba sentada en su silla de mimbre ante el silencio roto por los trinos de las golondrinas que habían preprado jornadas atrás sus nidos para guarecerse hasta la finalización de las venideras épocas estivales.

Con la mirada perdida y su tez atisbando el color de la porcelana, vestía sus hechuras del más riguroso luto que hacía juego con su pelo recogido en una coleta. En sí, un espíritu que vagaba errante por los rincones de su hogar sin saber a donde ir o hacer, como no encontrase una motivación que la impulsara a seguir adelante.

Con la misma rapidez del sonido de un disparo, ella se había marchado para no retornar más a la lucidez de la vida. Su abuela, fue una segunda madre, compañera, consejera y aún mejor, su amiga del alma. En el ocaso sin fin que vieron sus ojos, se llevó para sí la primavera florecida en la juventud de Matilde, y no quería saber más nada ni hablar con otro semejante.

Parece todo una gran mentira. No daba crédito a llegada de algo tan doloroso como éso, un velo opaco de repente retirado de en medio dejándose ver de forma inesperada, mas era inevitable dentro del ciclo mortal del ser humano, al atracar el trance de la muerte mundana.

Sin fuerza alguna, se levantó de su asiento para intentar proseguir sus queahceres cotidianos entre la limpieza y orden de su hogar, acompañada de la primitiva soledad, inseparable inquilina de viaje en muchos instantes sobre el cumplimiento de los años. Tras dedicar un largo tiempo a la planta baja tomó la primera en su habitación, donde intentaba quitar de sus sienes los últimos recuerdos o risas en torno su abuela. Lo que no se percataba era lo que estaba a punto de sucerderle.

Al abrir el armario para la organización de sus prendas para vestir, halló algo que le resultó muy familiar: un viejo baúl, con algunas de sus maderas levantadas descubriendo sus veteranas astillas se encontraba en la parte baja izquierda entre sus pañuelos y pantalones. Con dificultad y a la par delicadeza, sacó la antigua arca para apoyarla sobre su lecho… la joven, estaba temblorosa; no sabía que hacer, si atreverse o no a descubrir su contenido como le pudo la curiosidad a Pandora ante la cajita que Zeus le mandó custodiar.

Como si una fuerza superior la empujara, levantó la tapa y de nuevo entre el silencio y las aves trinando en las azoteas, lo divisó con un suspiro incondicional: aquella reliquia guardaba en sus entrañas diversos objetos. Unas faldas coloridas, ramilletes secos que aún guardaban el frescor del romero recién tomado de la mata, un pañuelo a cuadros, un poncho del reflejo de la aceituna, una saca, unos botos que denotaba su uso al tener las suelas algo gastadas… y una estampa entrelazada entre el cordón donde pendía una medalla renegrida.

La muchacha, esbozó una leve sonrisa entremezclada por los cristales que se iban derramando sobre sus mejillas en un mismo compás. Cuantas historias encerraban aquel último legado para sí, en la habitación del hospital antes de verla perecer definitivamente.

Ahora apoyada sobre el suelo, sin poder evitarlo, cerró la vista para adentrarse en las viejas vivencias de antaño, en los inicios de su infancia entre los brazos de su Remedios. Resonaban dentro de su persona el fuego domesticado de artificio, el repicar gozoso de las campanas y una multitud congregada en torno a la carroza de plata en la cual, iba portada su mayor alegría.

¿Cómo iba a olvidarse de esos momentos? Sabía que había sido educada en la mejor escuela de la religiosidad popular de las gentes humildes, compartiendo con todos los poco que podía albergar con ella, como era la comida, la bebida y el descansar del sueño sobre las mantas. Remedios le mostró a Matilde que a pesar del cante de antiguas coplillas germinadas en la voz de los labradores, habían pequeños detalles de ese senderro de tierra y albero, que marcaba los ritmos del andar pesado por las arenas y dejaba el sentir limpio de todo llanto. Es cierto, el polvo atormantaba la garganta, la sed y la calor estiraban la piel y el sudor nunca se marchaba de los poros ¿acaso importaba pensando en la meta que aguardaba? Ésa de poder ponerse frente a frente ante tan Excelsa Dama quen habita en un encalado Cortijo de magna espadaña en los aledaños de unas marismas en torno a un primitivo coto de caza, la de »la cara inmaculada» como entonaban los medievales cantos.

La sombra del mediodía de los olivos ante el rezo saludando a la Bienaventurada Virgen María, el descanso encontrado como asiento sobre una piedra, la guardia de los altaneros pinares mecidos por la brisa que jugaba al tintineo de las campanillas de la carreta, el abrazo y apoyo de los bueyes o las ruedas de madera, el frescor del vado del riachuelo, el húmedo crepúsculo nocturno cuajado de estrellas disipado por los rescoldos de la candela donde tantas personas se reunían a su alrededor entre el sonido de una palmas y la flauta con el tamboril, las sombras en su ir y venir, el recuerdo de reencontrarnos con la Correndetora del mundo entre la Santa Meditación sobre la mesa del altar y posteriormente sobre las cuentas de un rosario en el ecuador de la madrugada o las coplas sonámbulas al despuntar el alba.

Y por fin, la meta, que se atraviesa con júbilo el primer día de la semana sobre el acertijo de una concha, al verla atravesar por una Blanca Paloma alzando su vuelo para bendecir a tantas personas que van a su encuentro rogando plegarias, pregonando piropos y vítores al viento para dejarlos recogidos en los pequeños brazos de su Primogénito.

Todo esto, gracias a la atención que Matilde ponía desde la traviesa niñez hasta la quasi juventud madura que estaba viviendo. tomó la estampa donde quedaba el reflejo de que su abuela la portaba en su cartera durante el año y en el pecho aquellos días inolvidables que se desperezarían del letargo anual, precisamente en el aniversario de su nacimiento…¿casualidado causalidad? eso nunca podría saberlo. Lo que sí, era la llamada de Remedios a su nieta de retirar todala tristeza para llenarse de la esperanza de aquel camino recorrido con su localidad natal y más aún, con su simpecado, dorado como los trigales.

Una vida vivida a la unión de la casi misma edad, desde que un grupo de maireneros decidieron tener la valentía de ir a buscar a Santa María de las Rocinas con los suyos, a pesar de las adversidades causadas por las inclemencias meteorológicas. Ambas, un cuarto de siglo de existencia por el valle de lágrimas, unas lágrimas obligadas a ser tornadas en la felicidades que ambas mujeres se profesaban.

Y cinco veces cinco, el enclave que a muchos nos ha visto crecer cumple la condición y requisito para ir a verte al inicio de la sagrada onomástica de Pentecostés. Por eso, no puedo evitar emocinarme a la par de quedarme mudo y frío… XXV veces adjetivando el pueblo de Mairena del Aljarafe tu nombre, Rocío.

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