CON TU NOMBRE EN SUS LABIOS

Por Antonio Vázquez Bayón.

Málaga, 24 de Septiembre del 2019.

Parecía que todo acompañaba y se hacía vigente aquella fatídica tarde de augurio y dolor, pues las gotas de lluvia tintineaban una y otra vez, muriendo a cada golpe sobre los cristales opacos de la habitación.

Afuera, nada quedaba alterado y seguía su curso : la gente yendo y viniendo bajo capuchas, abrigos y resguardados de la climatología con un paraguas, los coches con sus adelantos acompañados del sonido clásico de los cláxons, las paradas en los semáforos, o el chirrio de algún que otro limpiaparabrisas en el parachoque.

Los quehaceres diarios de cada individuo a fin de cuentas. Nada, ni nadie se iba a percatar de lo que estaba sucediendo.

Sentado sobre el sofá de poliéster, a ratos lo miraba… y tenía que dejar de hacerlo, pues en lo más profundo de mis entrañas sentía cada vez que intentaba atisbarlo, cual puñales clavados en mí pidiendo justicia… una justicia sin respuesta, ya que el transcurso de su vida iba tocando al epílogo y posteriormente, el final.

Allí estaba, tumbado sobre la moderna camilla… a su alrededor, decenas de sedantes, máquinas y una mascarilla que le ofrendaba oxígeno… ¿eso era una vida? Nunca podría serlo.

De vez en cuando, tosía más fuerte de lo normal, mi pulso se aceleraba e inmediatamente me acercaba a su vera para tranquilizarlo, y que retornarse a la paz en la que su mundo pasaba a ser lentamente.

En un instane, me sentí incómodo, e intenté ajustarme a aquel dichoso sofá tan molesto, del cuál, su material nunca fue santo de mi devoción… de repente, mi abuelo giró la cabeza y señaló algo que había en el suelo. Me incliné… para mi sorpresa, era una vieja estampa, donde sus bordes y esquinas, se encontraban destrozados a causa del roce, cada vez que la custodiaba en mi cartera cuando la metía en el bolsillo trasero de mis pantalones.

Él, me indicó con la mano que me acercase y tomé una silla para estar juntos… tenía la fotografía tomada con gran delicadeza entre mis dedos temblorosos, al no esperar esa señal… divina.

Ambos, nos miramos. Sus ojos se tornaron nublados, por las lágrimas que empezaron a caer sobre los surcos que la edad, había dejado como huella para siempre.

Me acarició la cara, nos dimos un abrazo y durante unos minutos el silencio se apoderó de nuestros corazones.

En esa estampa, se atisbaban entre sus arrugas, unas Manos… no unas cualquiera, eran muy especiales para los dos… pues fueron las que nos unieron desde el día que yo nací, curiosamente en el hospital donde yo me encontraba con él.

Era extraño, pues de todos los miembros de mi familia fue el primero en tomarme en brazos, y acto seguido de su funda de las gafas de cerca, cogió esa reliquia para colocarla cuidadosamente en mi pecho… desde entonces hasta el día de hoy, la tenía como recuerdo vital : en los exámenes del instituto y en la Universidad, algunas intervenciones quirúrgicas, a la hora de la lectura como separador… nunca quise tenerla lejos de mí.

Repentinamente, él tiró de mi camisa para hacerme señas, pues quería que me acercase a su rostro… de la nada retiró la mascarilla queriendo hablar conmigo.

Con una voz cansada, quemada, gastada y bronceada a causa de su problema en la cuerdas vocales, me dijo :

  • Dani… yo ya no puedo más, esta lucha me está ocasionando una agonía que ni tu, ni tus padres, ni los médicos podrán hacer que desaparezca. He vivido mi vida, he sido joven, he podido tener a la mujer más hermosa del mundo como lo fue tu abuela, un hijo algo travieso pero que supo encarrilar bien su vida, el mismo que me dio una nuera buena y humilde… y juntos un nieto maravilloso como tú… mi Daniel.
  • Abuelo… no puedo verte así, no quiero que te vayas nunca, ¿qué voy hacer yo sin ti?
  • Cariño… estoy conectado a tantos »chismes», a tantos aparatos y estoy con una mascarilla para poder respirar… ya no es vida »pare» mío. Solamente, voy a pedirte un favor antes de partir.

Entre lágrimas y sollozos, tomé la mano de mi abuelo con tanta fuerza que hasta temía en algunos momentos hacerle daño.

  • Lo que tu quieras y necesites abuelo.

Señaló la estampa que sujetaba mi diestra, con mucha firmeza y seguridad me volvió a hablar :

  • ¿Ves eso? Nunca olvides quien te lo mostró, quien te enseñó a quererlo, a rezarle o a venerarlo… allá por el suelo que pisaras en el futuro, cuando creas que nadie está contigo, toma la sencilla foto y mírala, pues ahí me encontrarás siempre en los buenos o malos momentos a lo largo y ancho del camino, que irás forjando en tu vida. Además, sólo te pido… que el día que formes una familia, enseña a tus hijos y nietos como yo he hecho con tu padre y contigo – ahora fue él quien apretó con mayor decisión – por nosotros hijo, por nuestro amor al barrio que me vio nacer, y hoy te doy en herencia… por Ellos… por Nuestro Padre bendito que hoy me llama a su prensecia… por… Nuestro…»Moreno»…

Esa última fuerza, se desvaneció al momento. Era la señal indiscutible de que se lo había llevado consigo.

Ahora, la calma residía en su cuerpo sin vida, pues su alma ahora gozaba de la presencia regia del Padre Celestial.

No quería ver la dura realidad, pero así tenía la más clara certeza de que no sufriría más.

Mientras lo preparaban para llevárselo al tanatorio, sentado en la sala de espera de la parte exterior del centro médico, no cesaba en observar el viejo vestigio entre mis manos… sin parar de reflexionar.

Había muerto… sí, pero siempre y nunca sin dudarlo, falleció con tu nombre en sus labios al igual que hacía conmigo cada vez que se recostaba en mi cuarto de pequeño.

Tus Sagrados Misterios, a veces son tan difíciles de comprender, de explicar o ponerlo en práctica… pero es indudable, la fe que tu inspiras a cualquier persona al pasar cerca tuya… no tiene colofón.

Porque, cada vez que se esboza un suspiro en el firmamento celeste al unirse con el mar sobre la ciudad de Málaga, busca su refugio entre los entresijos de la Victoria, como pobre vagabundo llamando puerta a puerta para hallar posada donde alojarse. Y la encuentra, sí. La encuentra sobre ti.

En la dulzura serena y paciente que emana de tu cara, en el martirio reflejado sobre tu cuerpo flagelado, entre los cabellos que descansan entre tus hombros, cuando te contemplamos en el saludo bajo el rezo o la plegaria cuando al visitarte hasta tu Casa, o en la emoción contenida hasta dar una explosión gozosa ante el clamor de los tuyos, cuando pasas a ser el reflejo de la salvación a aquéllos que no pueden ir a verte porque sus piernas no son los que fueron antaño.

Rey de reyes, el injusto Reo, el Señor de señores, al igual que para los mortales griegos, Él es nuestro particular »Prometeo»… del mundo Nuestro Divino Salvador, o quizá de las almas perdidas Nuestro Redentor… la chispa que enciende cada mañana al depertar del barrio de sus entrañas con amor…

Mi Padre, mi Confidente, mi Amigo, mi único motivo para seguir viviendo y mi verdad… Él es Jesús de la Humildad.

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