El eco de la voz

Por Antonio Vázquez Bayón.

Barrio de Nervión (Sevilla), 28 de Septiembre del 2019.

Era una tarde tranquila, de esas que uno no tiene nada que hacer, y en su tiempo de ocio y entretenimiento, intentar hallar algún pasatiempo. En mi caso, siempre ha sido descubrir la Sevilla de antaño y lugares o monumentos, que por desgracia, ya no exiten.

Buscando y buscando por las redes sociales y la gran información ofrecida por Google, me detengo pensativo en un lugar, situado mucho más allá del corazón neurálgico de la capital hispalense. Era un edifico, sí, pero no para mucho de buen gusto como para ser visitado, mas estaba dentro de ese amplio abanico que la vieja Híspalis guardaba como prueba de su existencia desde siglos atrás.

Algo más contemporáneo y en la actualidad cerrado. Se trataba de la antigua cárcel penitenciaria de la Ranilla. De la misma, sólo queda el recuerdo de su gran entrada, un enorme portalón que seguro guarda aún muchas vivencias acaecidas allí.

Entre los arcos de su interior o el primer patio antes de acceder a las desparaecidas celdas, aún resuena en esa lontananza de las cosas del creído olvido, los pasos sonoros y firmes de los guardas montando guardia, el sonido del golpe seco entre los barrotres de hierro a la entrada de un nuevo prisionero o el ir y venir de sus familiares para las visitas establecidas por algún juez, tras haber dictado condena al acusado por los delitos cometidos.

Tanto y tantos menesteres, vieja edificación para cumplir el severo castigo guardas entre tus alforjas, y que muchas personas de mi generación nunca serán conocedores de las mismas a no ser que acudan al libro abierto de la veteranía.

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Pero eso será, hasta la jornada de hoy, que se impondrá a contar los años hacia atrás para revivir viejas estampas guardadas en el cajón de la extinción. Es que en el barrio de Nervión, se respira el aroma festivo al concelebrar todos como la reunión ante la mesa frente al altar, de las bodas de oro fundacionales de su corporación de penitencia… y será el, el Señor clavado sobre el madero inerte, pidiendo a todos los presentes algo de agua por su inevitable Sed, quién se haga presencia para demostrar a todos los cofrades de la ciudad y de nuestra querida Andalucía, lo que significa su hechura altanera al pasearse entre la feligresía de esa cámara impenetrable de su extenso Reino. Significa todo.

Recordaremos aquella salidas, en las solenmes vísperas a la memoria de la Semana de la Pasión Redentora por la salvación del hombre. Los más ancianos y no tan ancianos, volverán a tener la misma fuerza y travesura del dulce beso de la infancia sobre sus frentes. Y sobre todo, el Cristo de la Sed, retornará para pasar de nuevo por el portalón de antiguo centro de ingreso penitenciario.

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Seguramente, y a pesar de no estar viéndolo, que al reflejarse su anatomía sobre la fachada encalada y detenerse, entre sus grietas resonarán los rezos hechos saetas de esos encarcelados que imploraban su gracia por verlo un año más, por arrepentirse de sus actos y su perdón por el mal hecho. Y esas mismas coplillas, serán abrigo para su carne desnuda cuando poco a poco, marche de nuevo buscando su Casa y reunirse con su bendita Madre, Consolación, claro espejo y reflejo de la Santa Iglesia.

Volverán a encenderse los candiles del alma, y a muchos se nos encogerán al pensar que se les pasaría a aquellos individuos que como delicuentes quedaban encerrados, el escalofrío recorrerá cada poro de nuestra piel y seremos testigo de la historia viva dentro de nuestras hermandades y cofradías.

Sin duda, esto es así. El eco de la voz de ésos, que se dejaban anualmente su garganta para que su aliento rozara las dolorosas llagas del Señor del barrio de Nervión.

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