El Penitente sin capirote

Por Antonio Vázquez Bayón.

Barrio de la Calzada (Sevilla), 23 de Septiembre del 2019.

La jornada marcada para todos con rojo sobre las hojas del almanaque, al arrivar el navío de nuestros corazones, en la semana más soñada y esperada por todos los sevillanos… en especial, en la visión puesta sobre la ancha avenida de Luis Montoto donde hasta los mismos naranjos se revisten de gala perfumando las calles de un barrio que respira hondamente sobre las estrecheces de sus edificios, casas o establecimientos, el aroma indiscutible de la fiesta.

Y como cada año, entre la multitud que poco a poco va llenando aún más de dicha las calles aledañas de la Puerta para este lar de nuestra villa, un hombre camina a paso tranquilo y sereno… va ataviado de negro, el pelo perfectamente peinado y una sonrisa dibujada en su cara por la proximidad de lo que se acontecía, mas a la vez, la responsabilidad que cargaban sus hombros durante las posteriores horas.

Ya saben que jornada me refiero, la hora, el minuto o el segundo… era un soleado Martes Santo, y Manuel iba en busca de sus valientes »gladiadores»… pero no de lanza, escudo, armadura o espada… su única arma, un blanco costal, su escudo sobre las trabajaderas, el cuello, y como armadura… la canastilla de un dorado trono junto a sus medallas.

Abrazos, emotivos instantes, y rezos ante la anatomía imperfectamente perfecta de un Hombre para muchos desconocido, pero para ellos… el esencial en sus obligaciones u ocios diarios. Jesús, Señor y Mesías que se aparece a los suyos cansado, dolido, martirizado hasta más no poder… el mismo clavado sobre el Santo Madero, tan interte y a la vez importante, las extremidades brutalmente abiertas en llagas, el costado abierto donde mana la salvación nuestra, simples mortales… y la cabeza inclinada, la señal del paso de la muerte, una muerte dormida reflejada en la mirada de quien es, Heredero del Imperio que nunca tendrá fin.

Ya era la hora. Manuel, tomó el timón áureo de la pequeña embarcación que sería sagrado altar navegante, en la marea de cabezas de los congregados y avisa a los suyos para que vayan tomando los remos… ya toma las calles para adentrarse en la entrañas de la vieja Híspalis, bajo los sones de queribunes que exhalan al aire notas musicales para avisar a las golondrinas de que Cristo perecido va dando ejemplo de entrega y sacrificio por los demás.

Aunque, según dictó Él mismo, todos somos iguales ante su bendita Presencia… muchos no siguen esa norma.

¿Por qué esta reflexión? Ustedes mismos, lo van a descubrir, a percibir lo que él sintió aquellas horas.

En una de las ocasiones que mandó parar las andas procesionales, el capataz se percató en un gran hueco en la parte trasera de éstas, y decidió asomar un poco para ver lo que ocurría… y lo dejó totalmente sorprendido : entre el grupo de devotos que acompañaba al Divino e injusto Reo, un mendigo, ataviado de arapos y excesivamente delgado, de rodillas y con las manos unidas en total silencio, quería también ser partícipe de ese séquito de promesas, oraciones, agradecimientos, ruegos…

Uno de sus contraguías pecó de forma insensata al dirgirse a su superior.

  • Manuel, este »tío» lleva detrás del Cristo desde que salimos. En cada parada se queda así, como rezando o no se qué… la gente está molesta porque huele fatal y mira las pintas que trae. Creo que deberíamos avisar a la pareja de guardias para que lo quite de en medio cuanto antes.

El capataz lo miró con semblante serio y disgustado al oír aquellas palabras de desprecio.

  • ¿Te has oído? Mírate… ¿y tú eres uno de los que dirige los pies del Señor? ¿No te da vergüenza privar a alguien que sólo busca la paz en su imagen? ¿Le está haciendo algún mal a alguien?
  • Hombre…
  • No has respondido a mi pregunta… ¿este hombre le está haciendo daño o dando voces a alguien en concreto?
  • No, Manuel.
  • Bien, pues entonces creo que no hay más que decir en esta conversación, así que vuelve a tu puesto y a seguir mandando.

Antes de volver a ponerse en la delantera, el caporal se acercó al menesteroso.

  • Escúchame, nadie te va a apartar de Él, no mientras yo comande su retablo… solo que cuando entremos en carrera oficial no podrás estar, mas espera su llegada en la calle Alemanes… allí podrás estar hasta que el Señor vuelva a su Casa. Allí afuera espérame…¿vale?

Levantó la mirada hacia la suya y asintió con la cabeza diciendo la única palabra durante todo el recorrido.

  • Gracias.

Ni uno de los devotos, se volvió a pronunciar tras aquel mensaje tan bello que dejó claro a todos la esencia que Jesús nos mostró.

Tras rezar en la Seo hispalense ante el Santísimo, y comenzar el retorno, tal y como le pidió Manuel, el mendigo aguardaba la llegada del cortejo para incorporarse tras los pasos del Maestro.

Algo más allá de la medianoche, el Nazareno mimado en esta Judea de Occidente cruzó el umbral del portón de su Hogar, esperando que su Madre se despidiera de los vecinos hasta la próxima primavera en la que todos los hermanos ya ansiosos, contaban los días, las horas y minutos.

Tras el desalojo de todos, algunos acudieron a la casa de Hermandad para tomar unos refrigerios y algún bocadillo antes de volver para descansar… Manuel no iba a ser menos, pues no olvidó al necesitado, se despidió de todos y tomó un bocadillo y una lata de refresco.

En el piso que se hallaba frente por frente a la puerta, agazapado, estaba el joven. Manuel fue a su encuentro para hacer honor su promesa realizada antes.

  • Toma hijo, no te vas a ir de aquí sin llevarte algo al estómago.
  • Muchas gracias… no se tenía que haber molestado usted en esto de verdad.
  • No digas tonterías, no me supone nada. El Señor lo dijo claro, »darás de comer al hambriento y de beber al sediento».
  • Es un gran detalle por su parte.
  • Bueno amigo… ¿no tienes sitio para pasar la noche?
  • Sí, habito no muy lejos de aquí cerca de la estación… pero no quiero ser más molestia.
  • No digas eso, te ofrezco mi casa para que pases esta noche.
  • No, no en serio… ya ha hecho usted bastante por mí en la jornada de hoy, no lo olvidaré.

Manuel le insistió varias veces, pero el mendigo negaba todo. Él le pidió tan sólo hacer una cosa :

  • Al menos, déjame acompañarte hasta ese lar donde habitas para que no vayas solo.
  • Vale. – le contestó sonriendo.

Ambos no decían palabra… mas el pobre hacía notar que llevaba al menos, un par de días sin comer ni beber.

Sin embargo, el indigente se detuvo en un callejón inmóvil, cual mortal petrificado por la perversa Medusa.

El capataz se quedó algo preocupado.

  • Oye… ¿te encuentras bien?

El menesteroso se giró para mirarse frente por frente a Manuel… todo era desconcertante.

  • Claro que lo estoy, querido amigo… ¿Cómo no voy a estarlo, siendo como eres el portador de mi dulce sueño allá por donde voy? ¿el que realmente da una prueba enorme de su fe?
  • ¿Cómo? No entiendo nada de lo que dices.
  • Sí lo sabes… ¿no te has percatado aún?
  • No… no lo sé.
  • Déjame mostrarte.

De la nada un ascua de luz cayó del cielo llenando por completo al misterio puesto como enigma. Cuando se hubo disipado, todo fue confusión para Manuel al presenciar lo que veían sus ojos : aquel mendigo, andrajoso y pobre… ahora estaba ataviado del color florido de la pureza, y su rostro… pasó a ofrecer su verdadera identidad; tez morena, por completo martirizada, y en sus manos dos enormes llagas que hacían juegos con las de los pies.

No daba crédito… ahora entendía la frase »portador de mi dulce sueño…». Estaba en presencia de su Santo Cristo de la Sangre.

El timonel de su navío, cayó de rodillas al suelo inclinando su mente en gesto de vergüenza.

  • Señor… perdón, a tus pies caigo como castigado siervo, humilde y arrepentido.
  • ¿Qué haces? Levanta Manuel.
  • Pero… ¿quién soy yo para estar a la altura y misma distancia que el Hijo de Dios?
  • El mismo que ha ayudado a un individuo necesitado, alguien que no tenía nada y se lo diste todo… recuerda siempre hijo mío, yo estoy en todas partes y más aún en las personas que requieren atención de otras por no tener recuersos para mantenerse. Hoy sin duda alguna, has demostrado lo que eres y albergas en tu pecho… un gran corazón ofrecido a los demás de forma desinteresada.
  • Señor, es sólo mi forma de ser con los demás, lo inculcado en mi casa desde mi uso de razón.
  • Es por ello por lo que quiero premiarte.

El Redentor hizo un gesto con la mano al Cielo, y un astro fue danzando por la copas de los árboles hasta posarse a su vera… era un ángel.

  • ¿Lo ves? Éste, es uno de mis más fieles servidores del Paraíso, quiero que vaya en la proa de mi navío, y cada vez que tu te pongas a comandarlo mi capitán, será por siempre allá donde vayas tu guardián custodio para que no te suceda nada… has obrado bien querido hijo.
  • Señor… no sé que decir… gracias y mil gracias.
  • Nunca… a ti, pues si no hubiera personas como tu, este mundo nunca tendría sentido… Adiós.

De nuevo, un ascua de luz, al desvanecerse… desapareció.

Aquel día, desde entonces, el bueno de Manuel al llegar la tarde gloriosa del Martes Santo, al llamar a sus hombres y tocar el timón de la pequeña embarcación y mira arriba sonríe bajo una lágrima al contemplar como su Cristo, que parecía abrazarlo, lo protege al compás del ángel portando el sagrado Cáliz recordando a todos, que fue su sangre la salvación de la humanidad.

Por eso, no hay vez que falle, a cualquier hora, en acercarse, sentarse y en voz baja contarle :

Padre Nuestro que habitas el Cielo,

allá donde la gloria remansa,

cuando nos llegue el trance de la muerte,

ninguna pena allí se alcanza.

Santificado sea por los siglos tu nombre,

aquel que demonios aterra,

expulsa a los malvados,

y el peligro nunca acecha.

Que venga a nosotros tu Reino,

donde solo susurra el amor,

y tus hijos de la Calzá eterna,

te rezan siempre con fervor.

Hágase tu voluntad,

la que presenta el bien y la verdad,

sea por ciudades o campos,

sobre los ríos y en la mar.

Danos de cada día,

los frutos que esconden el pan,

sacrificio de cuerpo y sangre,

sobre tu Sacramento en el Altar.

Perdona nuestras ofensas,

al hacer daño al hermano,

muéstranos como es la misericordia,

siempre agarrados de tu Mano.

Líbranos de todo mal,

ante la duda o el peligroso temor,

y ante el pecado prohibido,

¡LÍBRANOS DE TODA TENTACIÓN!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *