EL REFLEJO DEL AMOR

Por Antonio Vázquez Bayón.

Barrio de Nervión (Sevilla), 25 de Septiembre del 2019.

Amor… un sentimiento poderoso, hermoso e invencible que en multitud de ocasiones ha triunfado sobre el mal acaecido en algún acontecimiento o hecho de la vida.

Muchos conocidos individuos a lo largo de la Historia, han realizado actos a favor de dicho estado anímico… unos han entregado las más esplendorosas riquezas, otros fama y gloria, hay quien dice que hasta renunciar títulos de la nobleza…o incluso en momentos duros y definitivos, entregar la vida con tal de albergarlo.

Muchos de mis allegados, aún no lo creen… pero desde hace muchos años atrás, el mismo amor robó mi alma sin avisar o percatarme de su presencia cercana.

¿Olvidarlo? Jamás… ¿cómo podría suceder eso, si lo tuve en frente mía durante unos minutos hasta comprenderlo todo?

No, no lo encontré en la codicia del dinero, el ocio o el entretenimiento, ni tan siquiera en la compra de un artículo electrónico.

Lo hallé en una persona, alguien muy especial, la misma que atrás en los milenios, haría tornar bajo su vientre el destino de la humanidad… sin duda, fue en una Mujer… excelsa, simpar, sencilla, bella, singular… en la cual, la imperfección de los hombres manchados de pecado, se volvería a perfecta anatomía.

Mas no fue en sus manos, en su figura revestida de sol como nos narraba el Discípulo Amado del Maestro, o en la luna que cayó rendida a sus plantas cual pedestal abarcando tan delicado peso… no, ninguna de esas partes llamaron la atención de mi mortal intuición, sino más bien en aquella inclinación donde ocultar tan inevitable pena.

Fue en su rostro, donde mi sorpresa encontró la paz, la armonía y la serenidad que dio calma a mi alma… hablo de sus escondidos globos oculares.

Sí… muchos quizá, pensarán que se trata de una locura, una levitación producida en mi persona como Santa Teresa en su éxtasis para alcanzar de forma definitiva la Gloria eterna del Creador… pero no pude evitarlo, el ver mi sobra reflejada en ellos.

No eran de este mundo, eso es cierto, pues una magia misteriosa bailaba al compás del brillo figurado en el incomprendido enigma… y es que esos ojos, habían transcurrido tantas cosas al paso de los años, cosas que muy pocos saben comprender si no se han visto atrapados por el sueño arropador acunado sobre su mirada.

Amores jurados sobre el santo matrimonio, pequeños presentados ante Ella como nueva sabia de hijos fidedignos suyos, otros muchos donde fue testigo de su inclusión en el gran rebaño del cristianismo… o cuantos gozan ya del premio en el Reino Prometido junto al resto de sus seres queridos, descansando en esos espejos atisbando como joyas preciadas en el mundo.

En ocasiones, cuando visito a esta ilustre Dama en su Casa, percibo en sus ojos un rastro de felicidad, alegría o dicha… algo que sin duda es contagioso.

  • ¡Señora! Ten buenas tardes… ¿qué tal has dormido? ¡Se te ve muy contenta! Eso es señal de que todo va sobre ruedas y marcha a la perfección.

Pero, es también cierto, que en instantes al visitarla se palpa sobre sus mejillas, los surcos navegando con más fuerza a la vera de su boca entreabierta rota por el dolor… síntoma de que algo no va bien.

  • ¡Señora! Buenas tardes… te noto apagada, distante o ensimismada en tus pensamientos… ¿quién se halla en mal presagio? ¿O quién está siendo atormentado por la enfermedad? ¿Alguien está en apuros o necesita de tu verdad?

Es ahí cuando sentí ese escalofrío, ese poderoso sentimiento el cual, me empujaba hacia un claro objetivo… ponerme a su diestra y ofrecerle un humilde calor humano para aliviar la agonía que descansaba sobre su pecho, a pesar de ocultarla a aquel que pasase cerca.

Es superior a mis fuerzas, un instinto como punto de debilidad hacia mí, el motivo que engloba todo pensamiento mío… todo lo que me sabe a Ella.

Ese privilegio, lo tiene dentro de sí cada vez que respira el corazón del barrio de Nervión. Más aún, cuando ambos nos situamos frente a frente y nuestras miradas hablan sin tener que mencionar palabra alguna… como los amantes de antaño mostrando su pasión desenfrenada, escondidos en algunas esquina encalada a la luz de las estrellas y la luna por testigo.

En esa vivencia anual, no sabría en que fijarme. Entre los encajes de la toca que cubren tus sienes antes de ser coronadas por una presea, en los bordados que nacen de tus vestidos o el velo majestuoso que se pierde entre los jarrones cuajados de flores, o en tu mano que la muestra al forastero para que halle refugio sobre la misma y como pago un preciado beso. Y son cinco dolores, pendientes de un fino y cristalino hilo plateado, bañando la bahía de su cara lo que una tarde del penúltimo mes del año… me hicieron vibrar…

Cinco luceros andantes,

cinco amapolas en el trigal,

cinco vuelos de paloma,

que jamás tendrán final.

Cinco caballos cabalgando,

cinco versos de verdad,

cinco ángeles celestiales,

que se unen al mismo cantar.

Cinco frondosos bosques,

cinco flores de azahar,

cinco lunas primaverales,

que danzan sobre el juncal.

Cinco huellas forjadas,

cinco golpes de tambor,

cinco dulces niñas,

que Santa Ana bautizó.

Cinco cirios llameantes,

cinco avisos al portón,

cinco vivencias siniguales,

que se quedan en el corazón.

Cinco astros brillantes,

cinco noches de »madrugá»,

cinco ríos o vertientes,

que juntos mueren en la mar.

Cinco manos unidas,

cinco susurros de un amor,

cinco hombres valientes,

que la pasean con honor.

Cinco estampas de cartera,

cinco fieras sin domar,

cinco llantos de una Madre,

que con pena debe peregrinar.

Cinco monedas de plata,

cinco compases al bailar,

cinco marineros felices,

que a su hogar deben regresar.

Cinco formas de rezarte,

cinco repiques de campana,

cinco suspiros dolientes,

que te añoran una nueva mañana.

Cinco manos que van meciendo,

una cuna con fervor,

así son las lágrimas,

¡QUE LLORA LA VIRGEN DE CONSOLACIÓN!

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