EL ROMERO

Por Antonio Vázquez Bayón.

Barrio del Perchel (Málaga), 2 de Noviembre del 2019.

Cada vez, que en una conversación, se habla de la vegetación de Andalucía, siempre me encanta añadir la aparición de la típica mata de romero. Sí, ese arbusto del clima mediterráneo que nos embriaga con su aroma al pasar nuestros dedos entre sus hojas, el sabor en las buenas comidas o el sanamiento que ofrece en los tratamientos para algunas enfermedades.

Pero, para muchos, no saben que en ocasiones oculta un secreto, una función desconocida para esa gran mayoría de semejantes con los cuáles, convivimos diariamente. Posee una sagrada unción rociada con el primer rocío de la aurora mandada por el Altísimo. Es cierto, que en la Santa Onomástica de la Carne y la Sangre de su Divina Majestad, se esparce a su paso por las calles de nuestras feligresías para bendecir al pueblo congregado de la primitiva Jerusalén… mas tan sólo, hay un caso poco corriente, donde el verdor del romero no sólo perfuma el paso de una Ilustre Vecina, sino que le da vida y color a los álamos de la Alameda y los altos Ficus que se hallan desde hace muchos años atrás en un rincón concreto de la urbe costera del sol. Hablo, sin duda, de Málaga.

Un barrio, alberga en sí, el privilegio de contemplar cómo la esparcida planta, torna de un brillo más fugaz cuando es pisado por una Joven más que conocida, en un arrabal donde la brisa de los mares, se entremezcla con su viejo pasado marinero donde los hombres, con sencillas embarcaciones de madera, se hacían a la mar con miedo a no regresar a sus hogares… me refiero, a los lares del Perchel.

A pesar de su constantes cambios, entre sus callejones y plazoletas, aún se atisba los tiempos de antaño, entre redes y caballeros con camisas inmaculadas y sus pantalones oscuros remangados a la altura de las rodillas para pescar y conseguir un jornal para alimentar a todos los miembros de su familia. Humildad, sencillez y honradez queda marcado en los nativos de este enclave malagueño.

Es por eso, que el propio romero emerge de su altanero manto y de las vestiduras de esta Muchacha, quién serena y tranquila entre un alta marea de lágrimas derramadas en las orillas de sus ojos, aguarda con su oculto dolor para no inquietar a nadie, a todos aquellos que la quieren y cuidan como si de su propia casa fuera su esencia, esencia que renace como azahar en las copas de los naranjos a la llegada de una nueva época primaveral tras las lluvias y los malos temporales del invierno.

Nunca falta en ningún sitio, desde la cómoda de una habitación hasta en los camarotes de algún patrón donde en íntima conversación, se presigna cada vez que sale del puerto, rogando ser su hechura, el faro que guíe su navegar entre las olas bravas cuando las tormentas del pecado intenten hacer zozobrar o incluso, volcar el navío de su fe en vivencias de mal presagio… Aunque en muchos casos, hay tantos que no pudieron volver para ofrendar su agradecimiento y al trance de la muerte en las peligrosas aguas llevaban en su ropas, una fotografía de Ella para no sentirse desamparados para el atraco final del Paraíso Celestial.

Mas… ¿y hablar de tu belleza? ¿ésa que fuera inspiradora para tantos artistas florentinos como renacer de la hermosura idealizada? Por no hablar de tantos poetas, que a buen recaudo, harían una oda detrás de otra hasta no hallar fin en sus papeles o tinta en sus plumas. ¡Ay! Quien fuera como Cristóbal Colón al descubrir las Américas, para descubrirte a Ti y vivir en un constante sueño; ser jardín de flores silvestres para guarecerte como delicada Azucena de tez morena, ante el mal que quiera atormentarte en tu serenidad. Y si emergiera de Ti un perfume, dime ¿quién hubiera sido el valeroso de olerte e intentar explicar con palabras, las mismas que tu dejaste antes de retornar con tu Primogénito y marcharte? ¿Qué vocablo escribirían los sabios para definirte en una sola palabra? ¿O cuál sería el motivo, tras rozar los dedos de tu romero?… dímelo Tú ¿dónde estaría la escusa para seguir viviendo en la tierra ante tanta magnificencia paradisíaca?.

Como dictaron las Santas Escrituras de tu Hijo, yo te hablo de tú a tú… porque tengo sed, y siempre me das la fuente que nace de Ti como vida eterna; tengo frío en mis entrañas y es el Patrocinio de tus Manos causante de poder tener algo de calor, vuelvo mi vista hacia Ti, porque te necesito… pues mírame, Celestial Princesa que no tengo fuerza o tan sin sangre por mis venas cuajadas de agonía y martirio, deseosas de ser liberadas por tu regia voluntad. Tú, mi anverso luminoso cuando el sendero se enturbia de tinieblas, fuerza impulsora de las cosas, Santa Aureola que corona la Cruz donde pendió el destino de la Humanidad.

Poco más, he de decir al respecto. Si quieren saber realmente el enigmático paradero de Ella, búsquenla en la incomparable mística que danza al compás de verdiales en su semblanza. Pues aquel, que atreve a pronunciar »Málaga», pronuncia su nombre… el nombre, de la Virgen de la Esperanza.

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