EL SENTIMIENTO…

Por Antonio Vázquez Bayón.

Como un suspiro nacido de los labios del amante sobre la anatomía enigmática en el ecuador de una noche convertida en eterna madrugada de luna revestida con un manto de estrellas, el tiempo se ha sucedido delante de mis ojos sin darme apenas cuenta, como un necio que no quiere creer en algún proyecto ofrecido por un individuo desconocido. Las épocas invernales de mesa de camilla a la vera de una estufa a la par de observar la caída de las precipitaciones de lluvia besando el cristal de los grandes ventanales del hogar, se han despedido para dar la bienvenida a las jornadas de brillo al sol que alegran a los jóvenes, mayores o veteranos, a la brisa que embriaga el nacimiento de nuevas flores sobre los balcones enamorados de los pueblos que revisten como adorno del vestido de este sur de España ante la admiración de la bella Andalucía.

Y es ella misma, quien en el prólogo de estas fechas, ante el dolor inefable de la agonía del Redentor, ha revestido sus sienes de lujosa peina y una ondulada mantilla que bailaba al son del viento asombrado al postrarse ante tan hermosa figura femenina, la ha visto aliviar la pena de la Madre desde un balcón al rezo hecho cante sincero de la saeta siendo quizás también bambalina que besa dulcemente los varales de plata que cobijan a la Hija más ilustre de la ciudad de Nazaret. Posteriormente, se despojó del luto de la Pasión, la reflexión y oreción meditada sin medida alguna para alegrarse de vivos colores hallados entre los volantes rociados del dorado albero o las mangas de un vestido, sobre su pelo recogido con maestría y elegancia, una gran rosa la corona a juego de unos zarzillos… todo ello, bajo un cielo artificial de ascuas de papel, que enciende el brillo de pequeños pueblos dentro de grandes ciudades o municipios repletos de alegría, amigos de toda una vida entre el brindis incesante con el deseo de poder realizarlo durante muchas ocasiones más si el Todopoderoso así lo permitiera.

Pero ahora… todo se ha sucedido y acaecido, el retorno a la tranquilidad llega como barco traído por la mar después de muchas noches de viaje entre el frescor de la espuma que refresca la brisa de esta simpar dama que no alberga fin en su vida, por muchos siglos que pasasen.

Mas… ¿es seguro que todo ha transcurrido? Yo puedo afirmar que no es así, pues queda aún, un último momento, una vivencia que tan sólo con pensarla se encoge el corazón hasta hacerle el más diminuto y pequeño ser que habitase los lares de la tierra. ¿Por qué? se preguntarán muchos de ustedes mis queridos lectores. Una vez más, tomen mi mano, cierren sus globos oculares y marchen conmigo hacia otra dimensión que no procede en otras partes.

Es que la joven Andalucía, se halla estos días en su hogar inquieta y nerviosa… se acerca el momento inefable, uno de los preferidos de ella sin duda alguna. Así me lo confesó y mostró ella, en uno de esos crepúsculos nocturnos sentados a la vera del sonido de una fuente.

Ambos charlábamos, y de forma inesperada me levó hasta su habitación donde frente a su lecho se encontraba lo que atisbaba ser una vieja arca donde los años habían dejado su huella pero no habían podido borrar la fuerza de poder albergar más que un simple sentimiento. Con delicadeza, mi anfitriona la abrió y de la misma emanó algo extraño, un inusual duende jamás conocido por un servidor, dejando un deleite para mi vista e inutilizando mi habla…. en su interior, el arca recogía una gran simbología, atuendos u objetos que la joven muchacha me fue desvelando conforme las iba sacando para apoyarlas en una silla cercana.

Un vestido realizado sobre una tela sencilla roja con pequeños lunares negros que conjugan con un mantoncillo de color azabache, de nuevo flores pero completamente distintas a la otra fiesta primaveral, una vara para apoyar su andar ataviada con un puñado de romero en la parte superior y amarrado con lo que parecía una cinta, un ponche y diversas mantas, unos botos camperos del color de las encinas cuando se aprecia la ausencia del corcho… y lo más esencial e importante en la que Andalucía torna su mirada en surcos corriendo por sus mejillas emocionadas, una medalla pendida de un cordón verde, y en ella la imagen soberana de otra Mujer, querida y afamada por la que ella pierde el sentido y cae rendida a sus plantas.

Ella y yo nos miramos, sin saber que palabra usar ante el silencio sepulcral que invade la estancia de su casa. Sólo las golondrinas y los jilgueros rompen de cuando en cuando ese atisbo de minutos sin pronunciar nada… hasta que la fémina con voz téne y aún conmovida empieza a murmurarme:

-A pesar de que muchos digan que todo ha finalizado hasta el año próximo, no alberga verdad en su palabra. Sí, ya ha pasado el tiempo de dolor y tristeza porque el Redentor bajó hasta la muerte en cruz como mero mortal entre los hombres, de la forma tan radiante que sólo sabéis hacer entre los recovecos de mi anatomía natural. También se fue el aroma de la imperfección perfecta del mayor maestrante con Maestranza con la sangre derramada sobre el albero como el de las pequeñas chozas donde todos entonamos viejas coplas que fueron mostradas por nuestros mayores desde el inicio de nuestra vida… pero ahora vuelve a vibrar las vivencias de la fe, una fe ciega y dormida que vuelve a despertarse al son de la primavera al abrir esta antigua arca donde todo se amontona, no solamente simples prendas para vestir. Hay voces cantoras, herencias de muchos que se fueron a la eternidad para ampararnos desde arriba, son andas de plata tiradas por bueyes o mulos al tintineo de campanitas de plata, la explosión domesticada de los cohetes al romper de júbilo en el firmamento celeste al repique de las torres en nuestros sagrados templos. Son las sendas, los caminos que transminan a los olores de altaneros pinares, de amapolas, lirio, lavanda, lentico o romero… el mismo que adorna la vara que porto para apoyar mi cansado caminar por las dificultosas y doradas arenas, el frescor de las aguas de un vado o arroyos que despiertan al son de los trobadores alborados de flauta y tambor, el caer de la noche al cobijo de una candela o de nuevo los rezos y plegarias ofrecidas entre los cuajados bordados que pintan y dan forma a la propia imagen que llevo tintineando en mi pecho como otras personas anónimas hacen para así, llegar a la recta final de un destino claro y conciso.

Así me lo confesó, y desde mi nacimiento fue de esta forma la cual, fui desengranando los misterios que envuelve esta forma de vivir y sentir englobando todo dentro de las alforjas del alma. Una sola idea, un solo destino que habrá de llevarme como si entre nubes levitara entre las esmeraldas comarcas como fieles compañeras hasta llegar… a Ella.

Sí… un lugar, Onuba. Un despertar inusual, la figura de su cuerpo descansando en su alcova, el contorno de esa Muchacha sencilla mas a la ves magna, que a raudales, tiene una Morada limpia e inmaculada custodiada por benditos corceles que cabalagan sin cesar salpicando sus cuerpos por las aguas de una marisma servida como fiel espejo donde poder reflejarse, como si de la propia dulzura, belleza y esplendorosa diosa Afrodita se tratase en los altos lares del Olimpo. La misma que muy de madrugada en el día primero de la semana, sufre una transformación, convirtiendo su atavíos en enormes alas de Paloma, como el sexto sentido que tiene una madre cualquiera para dar protección a sus vástagos y posteriormente echarse a volar sobre su nido donde la aguardan millares de fieles que al romper la aurora en singular bonanza en el quinto mes de los doce, van a su encuentro para dar gracias por los frutos recogidos en el resto del año.

A día de hoy, muchas allegados a mi persona me siguen preguntando la misma cantinela desde que me conocen… »¿Qué tiene eso? ¿Qué te lleva al máximo éxtasis para tan gran sacrificio recorriendo grandes distancias en tan poco tiempo teniendo la comodidad de una cama y el poder sentarse en un sillón entre charlas o coloquios de casa?» y yo, con las piernas totalmente temblorosas y la boca entreabierta, con los ojos brillando cuán estrella fugaz que atraviesa los cuerpos celestes como barco en la mar, respondo.

Porque todo es diferente,

sentimientos que viene y van,

se altera el mismo ambiente,

como las alas que mueren en la mar.

Por ser consuelo en mis noches,

ascua de luz que me guía,

anhelo de los ilustres poetas,

fiel amparo de nuestras vidas.

Por eso lo diré siempre,

quien va en mi cartera como estampa,

la de los viejos de cantares decían,

la Virgen de la cara blanca.

El orgullo de quererte,

para ser simpecado por los senderos del alma,

paz y sosiego del mortal caído,

emblema de herencia que nos lleva la calma.

Pero no hay más emoción,

que expresarlo y decirlo,

de tener como segunda patria a Huelva,

¡Y AMARTE SIN TREGUA, ROCÍO!

Antonio Vázquez Bayón.

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