El último

Por Antonio Vázquez Bayón.

Lucena del Puerto (Huelva), 30 de Septiembre del 2019.

Calles que susurran el paso de numerosas décadas o en ocasiones hasta siglos, naranjos que perfuman con azahares, y en los balcones cuelgan claveles color plata. El fondo como esplendoroso paisaje, el verdeo de las cosas claras del campo elevándose hacia las altas cumbres de las sierra onubense.

Un lienzo acorazado levantado en superposición, es el que marca con rotunda firmeza la presencia de la cultura gótico-mudéjar en brillo y color de Lucena del Puerto, y casi a su misma vera, una Morada que en sus entrañas narra una ascua de luz que transmina el aroma del primitivo barroquismo, el cual, nacieron cuantiosas historias por cambios sufridos o alterados en su estética, donde engloba la presencia de los alrededores por sus queridos vecinos… cada cual con una vivencia dentro de sí… como el mismo, que se va aproximando hacia el lar de orbe cristiana.

Entre los callejones una sombra asomaba. Un hombre apoyaba el peso en su tercera pierna, con sus cabellos nevados, diversos surcos advirtiendo el paso de su edad, se acerca lentamente a la majestuosa Casa… pues el cansancio de sus piernas no era el mismo que antaño.

Entra, toma algo de agua fijando su vista hacia el fondo por su diestra, realiza la seña que lo identifica como seguidor del Galileo de Nazaret, pero él busca otro consuelo en el cual apoyarse… el que le evita cualquier malestar; y lo encontró a la izquierda del imponente retablo mayor. Ahí, respiraba de una forma distinta a las demás.

El caballero, inclinó la cabeza en señal de respeto como agradecimiento por ser recibido al entrar en la alcova donde descansaba aquel otro Ser, diferente, único e irrepteible para él.

Con un gran esfuerzo, hincó la rodilla izquierda sobre el blanco mármol, se levantó y tomó con el permiso de su otro tertuliano en tan íntima conversación, un asiento frente a Él; sin inmutar palabra se quedó pensativo contempládolo.

Su mirada despejada color de caoba, buscan apoyo en los del caballero, que no pasa ni un instante cuando los surcos desfigurados de su cara son enjugados en lágrimas de emoción y sentimiento; humildad presenciada por aquel Hombre de tez y anatomía color aceituna abrazando un cargado madero. Parecía sin éxito, extender sus brazos para darle calor y cobijo que en tantas ocasiones nos hace falta a los mundanos mortales.

Transcurrían los minutos, y el silencio no dejaba de dar acto de presencia, y el hombre no se separaba de aquel delgado joven quien mostraba señales de haber sido martirizado, cruelmente maltratado y sangre mezclada con sudor entre la presea de espinos que coronaba su frente.

Cerró los ojos, y de un suspiro volvió atrás en el tiempo, a aquellas semanas de Pasión en las que era un muchacho, aquel suspiro de la brisa rememorando lo acaeido antaño, a entrañables momentos como ver a las madres y abuelas tomando de su mano a los más pequeños ataviados con el hábito propio que hace el anonimato al comienzo de la senda penitente, en los encuentros y la algarabía de su gente, al ver a ese mismo Hombre caminar buscando el lugar donde hubiera un sufrimiento que evitaba a los suyos más veternaos el no poderlo ir a visitar, ser por vez primera sus pies esa hermosa tercera jornada única en todo el año como el Miércoles Santo, o incluso siendo niño la memoria de ir meditando con la santas cuentas que marca los misterios que el Santo Padre Juan Pablo II no legó para hablar con su bendita Madre.

Cuantas vivencias y experiencias vividas, todas esas al epílogo de un invierno dando paso al prólogo de una trinfual primavera, envueltas en una locura… la locura deaquel joven chiquillo que lo acompañaba desde su salida hasta la vuelta, el retorno, más allá de la medianoche.

Pero una vez más, el lapso hizo huella en su figura; no era el mismo de antes, los tiempos se sucedieron y había que tener cuidado con los males.

Por ese motivo, aquella tarde noche de solemne preparación y meditación por lo que iba a acontecerse, el anciano hombre que lloraba emocionado, muchos afirmaban que así a su Señor le iba diciendo…

Este es el último Miércoles,

que podré acompañarte Padre mío.

Pues los días han pasado,

cuán gotas de agua,

y mi cuerpo se ha convertido,

en comida de guadaña.

De joven mis hombros y mis pies,

eran faena del costalero,

y hacerte bailar con elegancia,

con los ángeles del Cielo.

Su discurrir…¡Qué bonito!

El sol pasea por el cielo,

en los balcones flores de colores vivos,

quieren admirar tu belleza,

y perfumar tu camino.

Daría los días que me quedan,

para recordar el tiempo de antaño,

para volver a sonreír,

y no tener más sufrimiento.

Se van contando las jornadas,

como canta aquella copla,

y ya es un nuevo el momento,

mi Cristo al dintel asoma.

Tristes y amargas lágrimas,

corren por los surcos que la vida esculpió,

porque ya mis pies no acompañan,

a este viejo corazón.

Ya sale el Redentor,

y cada »levantá», mi corazón golpea,

»Padre quiero ir tras tu Madero,

por favor, déjame que te vea».

Y es que quisiera seguirte,

escuchar vítores calmando mi sed,

y ser quien seque la Sangre,

¡MI NAZARENO DEL GRAN PODER!

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