No era gitano, pero lo parecía. Su estilo de vida, su deambular por el mundo sin patria fija, su amor por los gitanos, le habían hecho hasta parecerlo. Su gran corazón abarcaba todos los mundos marginados, y precisamente, también padecía de ese corazón, que tuvieron que intervenirle en varias ocasiones.

Nació en Ceuta, pero también vivió en Melilla, y fue ya en Granada cuando sintió su vocación de jesuita. Se ofreció como misionero para ir a Paraguay. Viajó a Brasil y a Tokio, donde finalmente terminó sus estudios. Seis años después volvió a Paraguay, ya que su destino eran los niños y los hospitales. Tras veinte años llenos de amor, simpatía y creatividad en Paraguay, fue enviado a España, concretamente a la barriada sevillana de Torreblanca, donde comenzó una labor encomiable.

Los domingos visitaba las 30 chabolas de los barrios marginales del barrio, donde ayudaba y animaba a los gitanos que vivían allí. Además, tres o cuatro veces por semana visitaba la cárcel de Sevilla, donde los presos lo sentían como uno más, y lo querían mucho. También atendía a los enfermos de la parroquia, era capellán de los paraguayos de Sevilla, y un magnífico catequista para los niños, que siempre los tuvo muy cercanos a su corazón a lo largo de toda su vida.

Su paso por la ella ha sido una manifestación del lado amoroso de Dios, y eso lo comunicaba a todo el mundo que tratara con él.

Descanse en paz.

 

 

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