LA FRAGUA

Por Antonio Vázquez Bayón.

Barrio de Santa María (Cádiz), 3 de Noviembre del 2019.

En muchas ocasiones, me han confesado el privilegio de tener un sevidor, por haber nacido en la ciudad de Sevilla. Urbe con cientos de historias atrapadas en sus entrañas, multitud de leyendas en torno a sus monumentos, su cultura y semblanza a lo largo de los siglos donde tantas civilizaciones han ansiado tomar estas tierras.

Sí, es cierto, soy privilegiado… pero más aún, pertenecer a este gran colectivo que formamos los andaluces en el sur de España, y quién realmente sabe como soy, podrá dar fe al igual que un notario sobre la mesa de su despacho.

Por eso, desde hace mucho tiempo, mis ojos buscan casi el final de la Península, donde el mar ofrece su muro natural entre Europa y África; allí en su extremo, mi corazón germinó una semilla convertida en esencia que no puede arrancarse de allí por muchos años venideros se sucediesen en mí. Hablo de ese enclave con sabor marinero allá por las calles que pises dentro de sí, la que más entiende del aire humorístico, con su sonrisa burlona dejándonos prendados de ella en ese primer encuentro entre ambos.

Sus plazas, sus callejones, sus parques verde esmeralda, la misma anclada sobre las copas de sus árboles y orillas doradas donde la fusión del firmamento celeste a la par de la espuma de las playas, se puede vislumbrar en la lontananza, como gran espectáculo ante la visón del hombre… hablo de esa tacita de plateada defensa, hablo de Cádiz.

Perderse dentro de ella, es como un romancero de los que Lorca nos hacía imaginar dentro de nuestras mentes, de ésos donde los amantes coquetos e intimistas, buscan la serenidad de las altas horas en la madrugada para perderse con el trovador andaluz que entona viejas coplillas entonadas de padres a hijos o de nietos a abuelos… mas, yo quisiera detenerme en un punto concreto, casi lindando con las antiguas puertas de acceso al actual casco histórico; esos lares a los que les intento hacer llegar, transminan a patios de vecinos, a las calvellinas y al jazmín o la solera que enmarca la invisible portada de acceso… el Barrio de Santa María. Es aquí, donde la esencia de la sangre calé, custodia desde tiempos inmemoriables, una vieja leyenda en torno al Vecino más querido y venerado de cuantos habitan ese núcleo dentro de la capital gaditana.

Según nos narra, el Todopoderoso se encontraba realizando el prólogo para las venideras tierras que habitaríamos los mundanos mortales, y de alguna forma, quería dejar un fragmento impregnado del Paraíso, como cayado aviso de la Buena Nueva que se avecinaría tras el ocaso de nuestros días antes de partir en el viaje definitivo. Y quedando en asombro, por éstos quiénes comentan albergar la sangre de los regios faraones de Egipto, por su naturaleza y sus cantes, tomó la oportuna decisión.

A uno de los patriarcas, le pidió palmas a compás, a otro que cantase por tanguillos y entre las cuerdas de una guitarra resonara la melodía por bulerías; de jóvenes muchachas tomó el baile residido sobre el taconeo de sus zapatos… y sin más cogió todo para hacerlo arder sobre las fraguas de Vulcano para posteriormente apoyarlas en el yunque, y al golpe del martillo cimbreando para dar forma, rogó el Altísimo a un pequeño niño el »quejío» sonor por su gente, por todos los que lucharon en la defensa sus sueños, sus virtudes y muchos pasaron de largo sólamente ante el color mestizo de su piel.

De los viejos cantares, formaron una hechura, del compás emergió sus esbeltas manos y piernas, las notas musicales de las cuerdas de tan afamado instrumento nació una larga y bella melena de perfectos cabellos a juego de una barba, el tacón rítmico lo vistió de ricos bordados dorados y terciopelo de la mejor calidad posible… y finalmente, ese »quejío» le dio luz y color a su mirada, su nariz algo pronunciada, sus oídos y esa boca entreabierta donde entre rejas de marfil, intentaba esbozar una palabra para todos los presentes a tan inexplicable milagro: »Yo soy el Señor, de vosotros y todos vuestros paisanos. Sin demora, velaré el sueño de todos, para que nadie os pueda atormentar en el dolor, el martirio o la agonía».

Parece una locura ¿verdad? una simple fábula para hacer que los niños queden ensimismados ante de irse a dormir… pero eso fue tan real como el mundo mismo en el cual, convivimos todos los semejantes a su Divina Verdad y Palabra. Y estaba en lo cierto, el Omnipresente nunca falló a la hora de legar como testimonio de salvación a las diferentes generaciones, la protección por parte de este particular »Fénix», nacido de la valentía y la fuerza del fuego gitano.

Con el tiempo, al morir de los meses de estufa y edredón, de las aguas invernales en forma de precipitación, da paso a las jornadas donde la flor regalada por nuestros antepasados orientales brillan con fulgor sobre las ramas de los naranjos; y sin dudarlo aquella descendencia de sus primitivos progenitores se siguen dando cita para acompañar a tan Santo Varón, como faro y guía que contemplan desde el primer instante que abren sus ojos tras el parto de su natividad bajo esa bóveda catedralicia invisible, que es el crepúsculo nocturno pintado al fresco con numerosas estrellas, que descienden del cielo para hacer brillar la naturalidad del andar firme y elegante de tan Magno Hombre.

Los suyos, no dejan de pensar, de anualmente rememorar aquellos trágicos sucesos donde este simpar Soberano, fue injusto Reo de tan falsa ley… algo que a la cuarta jornada de la Santa Semana de Pasión, lo hace caminar sobre los mudos adoquines y ante el peso de nuestras faltas y culpas en un lujoso madero de carey; como colectivo Cirineo, será la ardida cera entre las lágrimas que se irán adheriendo a su cuerpo sobre las cuatro antorchas de plata.

Se entremecen las altas e inmaculadas azoteas, nutridos se vuelven los balcones, se intuye el silenciado aleluya en las fachadas encaladas, murmuran las esquinas ante el fervor de sus pasos firmes, abrazando nuestra fe en esta singular Palestina. Labios sellados, servidumbre por el pueblo penitente, ascua sin demora que disipa todo ser repleto de veneno; así es la llamada del Salvador en Cádiz, a las plantas de Jesús Nazareno.

Sé el primero en comentar en «LA FRAGUA»

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*