El arzobispo de Sevilla, Juan José Asenjo, ha redactado una homilía para la misa del Corpus Christi, que este año posee más tintes  históricos. Leída por el obispo auxiliar, Santiago Gómez Sierra, por los problemas de visión que tiene actualmente el prelado desde la misa funeral por las víctimas del Covid-19, el texto ha querido rememorar el carácter extraordinario de esta festividad que, por desgracia, no ha tenido procesión ni actos en la calle.

Aquí les dejamos la homilía completa:

1. “Glorifica al Señor Jerusalén, alaba a tu Dios Sión”. Con estas palabras del salmo 147, con que el pueblo de Israel bendecía a Dios después de librarle del hambre en tiempo de sequía, nos señala la liturgia las actitudes con que la Iglesia, nuevo Pueblo de Dios, celebra hoy la solemnidad del Corpus Christi: proclamando la verdad salvadora de la Eucaristía, bendiciendo, adorando y aclamando al Señor que sacia nuestra hambre espiritual con flor de harina, con el sacramento santísimo de su cuerpo y de su sangre. ¡Solemnidad del Corpus Christi!, que este año Sevilla no puede celebrar en sus calles como consecuencia de la epidemia que tanto dolor ha provocado, con miles de muertos, centenares de miles de personas afectadas por un fenómeno que no esperábamos y para el que no nos sentíamos preparados.

2. En este día escogido por la Iglesia para la veneración pública del Santísimo Sacramento, agradecemos a Dios uno y trino este don inmenso y precioso, confesamos sin rubor nuestra fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía y acrecentamos la piedad y veneración ante el Cristo ofrecido, glorificado e intercesor, hecho presencia y cercanía.

3. ¡Eucaristía, misterio del amor sorprendente de Cristo, que antes de volver al Padre, se queda con nosotros en las especies eucarísticas! ¡Eucaristía, misterio de la suprema benevolencia de Cristo que no nos deja huérfanos, obra grandiosa del poder de Dios, que permite cada día que el pan y el vino, fruto preciado de nuestros campos, por la acción del Espíritu Santo y la palabra del sacerdote, se transformen en el cuerpo y en la sangre del Señor! ¡Eucaristía, misterio de nuestra fe! Los sentidos no pueden percibirlo, pero la fe nos asegura que no hay palabras más verdaderas que las que el Señor pronuncia en la noche de la Cena, momento cumbre de la piedad y del amor de Cristo por la humanidad, en el Dios decide revestirse de nuestra humanidad para ser vecino nuestro, compañero de peregrinación, apoyo de nuestra debilidad y alimento de nuestras almas.

4. Las circunstancias nos impiden acompañar al Señor por nuestras calles, otros años adornadas con sus mejores primores, convertidas en en un inmenso templo para gloria y honor del Señor sacramentado. Nuestra procesión de este año, a pesar de la majestuosidad del marco catedralicio, será muy sencilla. Solo participaremos los obispos, los sacerdotes, una representación de las autoridades y de los cuerpos e instituciones que han servido a los enfermos y a los moribundos hasta la extenuación y una pequeña representación del pueblo fiel.

5. Yo os pido que lo que perdamos en esplendor, lo ganemos en fervor, renovando nuestra fe en la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, confesando con los labios y creyendo en el corazón que, en la más hermosa y rica custodia de nuestra catedral regalada por una familia sevillana del siglo XVIII, está presente Jesucristo con su cuerpo, sangre, alma y divinidad. Con el amor de María, hermana de Lázaro, nos postramos a sus pies para escucharle. Como Zaqueo, le manifestamos nuestra alegría por tenerlo a la vera de nuestras casas. Con la fe de Pedro le confesamos como el Mesías, el Cristo, el Hijo de Dios vivo, y le musitamos Señor, Tú sabes que te quiero. Como Tomás nos postramos ante Él para decirle que queremos que sea el Dios y Señor de nuestras vidas.

6. En esta mañana reconocemos que ésta es “la Cena que recrea y enamora”, la “fuente que mana y corre”, como escribiera bellamente san Juan de la Cruz, el manantial que hace posible la renovación de nuestras comunidades, venero de virtudes, de consuelo, de fortaleza y fidelidad. Sí, queridos hermanos y hermanas: de la adoración a la Eucaristía nos ha de venir la renovación de nuestras parroquias, el empuje espiritual y apostólico de nuestra Iglesia diocesana, el crecimiento en la fe y la victoria sobre el pecado que oprime nuestras vidas y desgarra nuestra sociedad. Jesús sigue siendo el Pan vivo bajado del cielo que alimenta nuestros corazones mientras peregrinamos hacia la casa del Padre.

5. No olvido que hoy es el Día de la Caridad, la jornada de Caritas. La Eucaristía nos pone en el camino de los hermanos. Ella es “sacramento de piedad, signo de unidad y vínculo de caridad”, como escribiera san Agustín. En el cuerpo de Cristo entregado y en su sangre derramada tenemos todos la mejor escuela de fraternidad y de servicio gratuito. Junto a la Eucaristía, aprendemos a perdonar, a ponernos a los pies de los pobres para servirles, a ponernos de su parte y en su lugar, a acogerlos y ofrecerles compasión, afecto, ayuda y amor abnegado.

6. La epidemia que tanto nos está haciendo sufrir, nos llena de estupor por la suerte de millones de trabajadores que se están quedando sin trabajo, por la suerte de las víctimas de la crisis de la década anterior, y por los nuevos pobres que ha generado la epidemia. Con la superación de esta tragedia, que Dios quiera que esté próxima, no va a acabar el sufrimiento de nuestro pueblo que, a mi juicio, no ha hecho más que empezar, con la economía tan seriamente afectada. En el mensaje del Domingo de Pascua, el papa Francisco nos invitó a no dejarnos llevar por el egoísmo, sino a sentirnos como miembros de una única familia que se sostienen mutuamente y que no dejan atrás a ninguno de los suyos. En la homilía del Domingo de la Divina Misericordia nos invitó a no consentir que nos golpee el peor de los virus, el virus de la indiferencia.

7. Nos pidió también que seamos “instrumentos humildes en las manos de Dios para aliviar el sufrimiento del mundo” y que nos comprometamos en la misión samaritana de la Iglesia manifestando de forma concreta y palpable la ternura y la misericordia de Jesús, haciendo que la persona que sufre se sienta amada. No pasemos de largo ante el hombre lleno de heridas y tendido en la cuneta del camino. Bajémonos, como el Buen Samaritano, de la cabalgadura de nuestro bienestar, para curar esas heridas, tan numerosas y tan dolientes. Seamos generosos en la colecta que tiene como destinataria a Cáritas.

8. Al final de la procesión, acercaremos al Señor a la puerta de la Asunción de nuestra catedral y le pediremos que bendiga a nuestra Archidiócesis y a nuestra ciudad, que bendiga a nuestras familias, a nuestros niños y ancianos. Le pediremos también que bendiga y sostenga a nuestras autoridades en esta hora difícil, que devuelva la salud a los enfermos víctimas del virus, que dé el descanso eterno a los muertos y consuele y conforte a sus familias.  Así sea.

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