La Luz de tu Mirada

Por Antonio Vázquez Bayón.

Granada, 27 de Septiembre del 2019.

En muchas ocasiones, doy un repaso a mi corta estancia en el largo sendero que nos marca desde que nacemos la vida, y en el algunos puntos cuando me detengo, siento a mi ser como una rosa marchita ante la fuerza indivisible del frío invierno.

Muchos de los que he querido y han formado parte de mis allegados, se marcharon al cerrar su mirada a los días, pasando a ser eterna oscuridad sin reterno a un nuevo amanecer. Aquellos que consideraba mis amigos me dejaron de lado en las más dolorosas derrotas, pasando solamente a celebrar conmigo mis triunfos y mis virtudes pasaron a ser inexplicables frustaciones, haciendo en infinutd de casos desaparecer mi alegría y dicha cuando me reunía con personas.

El peso de la pena, se abalanza sobre mi hombro, dejándose caer al compás de las tristeza que me va fustigando, dejando tras de sí heridas tan abiertas que serían difíciles de volver a cerrar. El pecaminoso demonio y el mismísimo mal en persona innarrable, presionan mi pecho para no dejarme respirar como náufrago ahogándose entre las olas del mar… ya nada, ni nadie eran un motivo para seguir viviendo entre mis semejantes, pues más que caminar, vagaba como espíritu errante que no halla solución para la condena impuesta por el Altísimo.

Nada, ni nadie, existía, ni tan siquiera una mota de polvo para ver si realmente merecía la pena vivir… excepto Tú.

Sí, hablo de ti, como tus vecinos me hablaron, con la misma sencillez y humildad que se respira por doquier calando dentro de mí de manera sobrehumana… más bien, divina.

Pues, cada vez que esos peligrosos síntomas hacen acto de presencia sobre mi alma, acudo a ti pidiendo auxilio con el ascua llameante de mi persona, como se pronunciaba el socorro con ateas encendidas en la época del Medievo. Sin pensar en otra cosa, como un niño que va en buscas de sus padres al dar sus primeros pasos, acudo a tu tierra buscando la dirección de tu Casa. Y entre la maravilla presentada como altanero barroquismo cabalgando de lar en lar como corcel desbocado, por fin consigo ponerme a tus plantas, postrarme de rodillas y no perder nunca tu visión amaparando la mía entre un niebla que desencadena lágrimas cayendo por mi cara, ante la seguridad de sentirme cobijado entre tus manos, auunque una distancia nos separe el uno del otro; pero no importa, Siento tu cálido abrazo para no sufrir más daño alguno del dudoso exterior que a todos los mortales nos rodea.

Porque así, es como comprendo todo enigma impuesto en mí, para hallar su complicada respuesta, pero lo logro. Ante lo acaecido, siempre la misma cuestión ¿por qué he de quejarme tanto? ¿Por qué decir de mis labios cuantiosas desdichas o padecimiento mundano? Si contemplarte, hace que quede sin habla por los males prenetados en mí.

Tú si que conoces bien la denominada palabra »desdicha». Tú y el sufrimiento que giraron en torno a tu figura como giran los planetas alrededor del Sol, desde el inicio de la Pasión redentora de tu Hijo por salvar a la humanidad de la mancha original con la que nacemos marcados, al igual que la marca que se clavó sobre tu pecho en siete invisibles espadas… el mismo que acunaste entre coplas hebreas en su Natividad en el establo de Belén ante la llegada de los Magos del lejano Oriente, lo vuelves a albergar en tu regazo sin vida, inerte como el mismo madero del que fue clavado para la risa de los falsos testimonios en el juicio ante Caifás o la presentación del procurador Poncio Pilatos al pueblo de Jerusalén.

¡Ay…! Mi querida Granada, la del »triunvirato» cultural, que derrama su gracia hasta alcanzar las altas cumbres de Sierra Nevada… que gran suerte tienes. Pues como en muchos otros lugares de Andalucía, quiso que tu fueras la Intercesora de tu gente ante el Todopoderoso. En la lontananza, la Alhambra se despoja de su corona para posarla sobre tus sienes como eterna Soberana del antaño reino nazarí. Se rasga sus vestiduras para mostrarse ante ti por entera desnuda, para que como lluvia dorada penetres en sus adentros y sienta el poder de la levitación como Santa Teresa tomó para sí ante la majestuosidad del Creador y su Obra.

No nos percatamos, y creemos siempre que nos hallamos en soledad, como si el final estuviera es la senda áspera del viaje terrenal. Mas, si oteamos el horizonte, allá por la ventana por donde corriera la distancia entre la gran arboleda que custodia tu Morada como indestructible muralla, veríamos que ese espectro solitario danzando por nuestra mente se disiparía por completo.

Nunca daré crédito a tu talla convertida en carne y hueso, ni en el perfume que nace con aromas de nardos en el epílogo del mes de tu nacimiento, en la presea de tus sienes benditas, en tus manos tiernas y maternales o en las joyas que cuidadosamente son colocadas en tus ropas para decirle al mundo quién eres verdaderamente.

No sé, ni quiero saberlo cual fue la escogida para hacerte en forma celestial con la gubia. Sólo sé, que mi existencia sin ti, no sería nada. Salve por siempre, Santa María de las Angustias.

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