LA VISITA

Por Antonio Vázquez Bayón.

Barrio de El Parque Alcosa (Sevilla), 23 de Septiembre del 2019.

»Algunas partes de este artículo, están basadas en hechos reales».

La mañana, había amanecido radiante. La capital hispalense, se había levantado en ese comienzo de la jornada con aires de belleza, como una joven chiquilla que se mira en el espejo radiante y bella para salir a tomar un paseo. Sus azoteas revestían el color primaveral cuando la estación ha pasado un poco más allá de su ecuador al atracar sobre su puerto el mes de Mayo.

Pero, no para muchos convecinos de esta gran ciudad, eran razón de felicidad el comenzar un nuevo día, no era dicha o gozo.

Desde su casa, sentado en el sofá mirando a su balcón, Federico, un muchacho que llevaba en su interior 22 inviernos, se hallaba en el más absoluto de los silencios, pues no había motivo para hablar. Sobre su mano, descansaba un cigarrillo a la par que el humo ascendía hasta rozar con el inmaculado techo de su piso; sus ropas vestían entre sus hilos el más entrelazado y austero luto que cualquier individuo pudiera hacer, un color que hacía juego con sus zapatos o el cinturón del pantalón.

En sus ojos, un frío invierno se dibujaba desde hace dos meses y una razón, la cual, era más que justificada para estar en ese completo estado de ánimo. Se había ido. Lo que más quería en esta vida, corriendo las 24 horas de forma indiscutible por sus venas, cerró su mirada en el ocaso sin retorno, en la plena oscuridad de las horas o minutos. Su madre, había sido víctima de un cáncer cerebral y nada se pudo hacer.

Desde entonces, su hogar se convirtió en su refugio, en su lar de meditación por la incomprensión de lo acaecido; apenas comía, apenas si salía para sentir el aire cálido del casi preludio de un nuevo verano… nada le importaba, »¿Para qué?» se decía una y otra vez a sí mismo.

Aún así, sabía que ese fin de semana, era más que especial en su familia, una fecha clave marcada anualmente sobre las páginas del almanaque con delicadeza. Siempre lo hacía su madre y aguardaba con ilusión lo venidero como jornada de fiesta.

Nada era para festejar, ni nadie. Parecía todo una gran mentira, pero era la cruda realidad que echó sobre los hombros del joven su cansado y martirizado peso.

De repente, el timbre sonó a su puerta. Era extraño y más habiendo pasado más del mediodía. »¿Quién podrá ser?» se preguntó Federico mientras que, como un espectro errante se dirigió hacia la entrada para atender el insistente timbre pidiendo paso.

Al abrir, su asombro fue inmediato. Su fiel amiga desde el cálido encuentro de la niñez, quién había estado estado en la buenas y en las peores… su querida Claudia, estaba bajo el dintel.

-¡Venga! Arréglate un poco, que nos vamos.

Federico sabía a donde trataba de llevarlo su compañera, y se negó, una y otra vez, enseguida.

-No Clau. Te lo dije por teléfono hace dos semanas. No quiero saber nada de Ella ni de nadie, eso quedó cerrado de un carpetazo hace 60 días.

Claudia, frunció el ceño, le pidió pasar al pasillo y cerró tras de sí la puerta con un sonoro golpe.

-Fede, ya está bien ¿no?¿Vas a seguir encerrado aquí eternamente como si nada? ¿Quieres consumirte hasta apagarte como un candelero sobre la mesa?

-¿Y qué hago? aún no doy crédito a todo lo que me ha pasado. No me lo creo, no es justo.

-¿Y crees que tu madre le gustaría verte en este estado? No eres tú, cuando desde siempre has sido la alegría y la diversión de nosotros, ese hijo más para mis padres. Todos estamos preocupados por ti, Fede. Además…¿Ella qué culpa tiene?

-El habérsela llevado tan joven. Ella que nunca ha faltado a nada y todo lo poco que tenía se lo daba.

Claudia, tomó la mano de Federico y lo miró a los ojos de forma afirmativa pero a la vez rogante.

-El de arriba, nos tiene a cada uno de nosotros un destino, y no se puede alterar. Si así ha sido, por algo lo habrá querido Dios. Ven conmigo, ven a verla… después a la larga, te vas arrepentir.

Un silencio sepulcral, hizo acto de presencia entre los jóvenes durante unos minutos. Finalmente, algo emocionado, el muchacho intervino, dibujando una sonrisa en Claudia.

-Vale. Iré, pero solo un momento ¿de acuerdo?.

-De acuerdo.

Tras arreglarse algo más y quedarse totalmente aseado, ambos bajaron por las escaleras hasta el portal, para echar a caminar calle arriba en busca de su objetivo.

Miraba de un lado a otro desconcertado, observando los altos edificios de su barrio de El Parque Alcosa, como niño curioso ante lo novedoso y diferente, algo normal estando tanto tiempo en su morada. En las grandes avenidas se sentía el rumor del acelerador de los coches, entre algunas calles las risas de sus conocidos sentados en los bares, riendo sobre alguna vieja anécdota y tomando una copa como »digestivo» tras el almuerzo conjunto. Realmente no sabía cómo estaba caminando, mas Federico lo hacía, iba a su encuentro, a buscarla, a darle una visita como muchas que hubo realizado en su vida.

Finalmente, ambos se pararon en seco. En frente de ellos, un templo de orbe cristiana, donde su puerta era precedida por una escalinata de mármol y su fachada enladrillada, el asfalto, era lo único que los separaba del gran portalón de oscura madera.

-No puedo- dijo el joven- me es imposible, me tiemblan las manos y las piernas Clau, tengo un nudo en el estómago. No puedo ni tan siquiera dar un paso.

Su buena amiga, lo tomó una vez más de la mano, y como buena »lazarilla» le hizo una señal para guiarle el sendero.

-Tranquilo, estoy contigo. No va a pasarte nada, en las buenas y en las malas, nunca lo olvides.

Así lo hizo. Lentamente, como si de un hombre veterano se tratase, con dificultad y lentitud subió las escaleras para acceder al interior de la Parroquia. Hasta en la lontananza, su vista se nubló de espesas lágrimas que intentaban limpiar su tristeza depositada sobre sus mejillas… allí estaba Ella.

No había nadie. Los bancos vacíos y su pequeño habitáculo para él; parecía que lo estaba esperando para recibirlo en la más estricta intimidad posible, sin que nadie se percatase del mal obrado sobre él.

Avanzó junto a Claudia por el pasillo central, hasta alcanzarla y tenerla frente a frente. Fue ahí cuando la joven soltó a su fiel amigo para que no hubiera ninguna molestia.

Federico no se lo creía aún. Sobre un dosel del mejor damasco traído, entre jarrones repletos de flores para custodiar a quién es entre ellas la más delicada y hermosísima Azucena, ante las ascuas de luz germinadas sobre los cirios, estaba ante la presencia de la que su madre le enseñó desde que tuvo uso de razón, quién muchas tardes iban a visitarla y a decirle »¡Fede!, ¿la ves? recuerda que Ella nunca te va a dejar, es nuestra Reina, nuestra mayor Confidente, nuestra Amiga… lo es todo». Aquellas palabras resonaron en la cabeza del muchacho.

Vió la mano extendida de aquella simpar Dama, revestida de rojo burdeos entre finos hilares y sedas de oro, multitud de joyas o elementos y una esbelta diadema tocaba sus sienes, denotando su presencia… la de la Madre de Dios, hecha imagen para adoración de los suyos, sus hijos.

Con sencillez, la besó, se puso de rodillas y quedó abrazado a la Fémina Dolorosa a la altura de su vestido. En la mirada de ambos el llanto de emoción, tristeza y reconciliación se hicieron protagonistas a la par que en segundo plano, Claudia lloraba también.

Entre sollozos, Federico intentaba esbozar una frase… »Perdóname, Madre. Dile que no me olvido de ella, que la quiero mucho… Perdóname, Madre».

Sentimientos y vivencias a flor de piel ¿verdad?, algo que para muchos es una locura, para otros es nuestro mayor consuelo cuando nos encontramos desvalidos y sin fuerzas, pues ¿quién mejor que Ella sabe, lo que es arrebatarte algo tan preciado como una familiar?. Sí, no es una sugerencia, es una rotunda afirmación.

Ella, desde el mismo instante de la Encarnación del Divino Verbo en sus entrañas, sabía todo lo que iba a acontecer. Ella que guió a su Primogénito con las pautas y enseñanzas de su Padre. Ella, que vivió el gozo de la Natividad de su Hijo en Belén, contemplarlo como crecía dejando asombrados a los sabios del templo y a otras muchas multitudes, hasta verlo completamente martirizado, flagelado y humillado hasta su muerte en el madero inerte. ¿Cómo no va a saber, lo que es el magno dolor sobre su pecho al tener en su regazo sin vida, a su única preocupación?. Por eso, ante esta prueba, el Todopoderoso quiso dejarla como regalo para los mundanos mortales en la tierra, para que ayudara a otros muchos que necesitaran de su presencia.

Podrá exisitir su nombre en muchos barrios, en pueblos o aldeas, una iconografía distinta unas de las otras, una forma diferente de presea fraguada en las alforjas de los orfebres para coronar su cabeza desnuda, mantos o sayas, bordados y alhajas… ¿Qué más dará? Pues a ciencia cierta sé, o al menos en ese enclave de Sevilla, cual es el significado de la Corredentora del Mundo con tonalidades canela como color para perfumar su figura altanera.

Por eso, no hay motivo alguno para estar apesadumbrado. Pues decir María en el Parque Alcosa, se escribe sobre el pergamino del fervor »Nuestra Señora de los Desamparados».

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