Las miradas

Por Antonio Vázquez Bayón.

Mairena del Aljarafe (Sevilla), 8 de Octubre del 2019.

A pesar del ecuador del prólogo del otoño, las épocas estivales se asomaban a los vanos de sus ventanas antes de cerrarlas por completo hasta el año próximo ante tanta dicha anunciada.

Parecía una jornada más. Parecía que el Astro Mayor, nos regalaría de nuevo sus rayos al calor de las charlas eternas entre puerta y puerta o a la par de hacer algún recado necesario… pero no, no era así, nada de lo que acontecería en las horas sucesivas sería lo mismo, pues albergaba en sí una connotación muy especial.

Esa misma tarde, el pueblo de Mairena del Aljarafe desde el sueño desperezado, con las primeras luces del alba, sentía el presentimiento de la fiesta y el fervor de la religiosidad popular que desde hace siglos sus gentes, sin ningún temor o timidez, muestran con júbilo a todo aquel forastero que quiera acercarse. Un fervor esparcido como magno sentimiento, fraguado por Vulcano desde hacía más de cuatro siglos, donde los olivares adyacentes a la primitiva villa fueron testigo de la natividad de la misma y del mencionado fervor por, según dicen, la primera de todas las vecinas que tuvo el privilegio de tomar por derecho propio el gentilicio de este enclave próximo a la capital hispalense.

Es por ello, que el vientre de esa Muchacha afamada, quedó germinada la esencia de un Sagrario; un Sagrario que se abrió como cofre prendado de riquezas para hacer un templo… y un templo que se convirtió en altanero y lujoso palacio donde, en sus estancias principales quedó Ella con su leve sonrisa aguardando la felicitación de los suyos como anualmente hacía. Nunca sola, pues portaba con delicadeza entre sus brazos a su pequeño Primogénito, quién con las travesuras propias de la infancia, quería irse de los brazos de su Madre para estar con los otros muchos que se congregaron en compañía de sus padres o veteranos abuelos.

Todo estaba previsto. Como es costumbre, dos jóvenes custodios junto a toda su cámara provisional perfumando a nardo y clavel, guardaban su excelsa presencia ante la contemplación de una multitud que abarrotaba las diferentes alcobas de su Casa… y durante unos segundos, más cerca que nunca, uno a uno podía orar en agradecimiento por todo lo bueno recibido y aguardar hasta el año próximo, un nuevo encuentro de pocos segundos equivalentes a toda una eternidad.

Mas… si hay algo que me sorprende en muchas ocasiones, es la fuerza del ser humano ante las duras adversidades de la vida, una vida marcada como senda en las que cuestiones por motivos inesperados y dolorosos, se avecinan sobre nuestras cabezas. ¿Por qué a mí, si no he obrado de mala manera? ¿Por qué a mi familia, si siempre se entregó a Ti desde nuestros inicios?. Aún así, es sorprendente la lucha constante de un ser mortal para seguir adelante y más todavía entre nuestros semejantes. Ese caso, lo vio un servidor a la caída precisamente del crepúsculo nocturno de ayer.

Seguían pasando personas, unas tras otras, no cesaba el multitud de loores, la gran felicitación que todos los maireneros ofrendaban con cariño, amor y respeto hacia esa Fémina de la cual, oí años atrás sobre su paradero. Hasta un punto, que todo guardó un pequeño silencio.

Una mocita hermosa y sonriente, ansiaba nerviosa por acercarse; más de un lustro había pasado para que volvieran a mirarse frente a frente en la distancia de la intimidad comunicativa. Todos sabían de su enfermedad que no le permitía poder caminar hacia Ella ¿pero qué importaba eso? ¿acaso nadie sabe la fuerza de la fe, en quién verdaderamente cree en la Santa Palabra del Todopoderoso? Eso sucedió.

A su lado, guardando fiel las audiencias de la Dama, el amor de su vida… su hijo. Lentamente, por fin, quedó a sus plantas y hasta el mismo aire respirado en las techumbres de madera de celestial Morada fueron presagio de la gran emoción allí vivida. Ambos la miraban; pétalos de cristal caían entre sus mejillas mientras ambos se abrazaban mirándola durante varios minutos sin interrupción alguna. Dos mujeres por igual, orgullosas de haber portado en su vientre su más preciado regalo, el regalo del despertar de un nuevo comienzo al mundo que se abría.

A pesar de todo, aún no doy a crédito a lo acaecido en la noche del amor que promulgó Santo Domingo de Guzmán, lo admito. Pocas han sido las situaciones experimentadas en ese fraternal abrazo de estas dos jóvenes, como el reencuentro de dos familias tras largos tiempos sucedidos desde la última visita, como el nacer de los nuevos pétalos de una flor en un sencillo jardín.

Ayer aprendí una valiosa lección, una disciplina que jamás pienso olvidar nunca. Esa fama de la que tanto hablaban las abuelas en las mesas de camilla en las frías noches de invierno o sentadas en los poyetes de sus puertas en verano, era cierta. Sí, has sido el sueño nunca marchito en las cabeceras de muchas camas en este municipio desde los primeros pasos de una criatura, hasta la expiración de su último aliento sobre el trance de la muerte. Realmente, no sé de qué suspiro del Creador llegaste, no sé que ascua de fuego encendió sus fogones para hacer tu figura garbosa antes incluso de poder tallarte, no sé cual fue el imaginero que soñó con tu leve sonrisa, sigo sin hallar respuesta a tanta hermosura exaltada en tu sonrosado rostro por la añorada primavera en las ansiadas tarde del décimo mes del año.

¿Quién? dímelo tú, joven chiquilla. ¿Quién se atrevió a adjetivar tu nombre, cuando el mismo es adjetivo suficiente como para poner millares de preseas que coronasen tu frente, o joyas y alhajas que pintasen de lúcidos colores tu exhuberante pecherín de mantilla? ¿Quién marcó el compás que dibujaría como pintó Velázquez, los trazos de tu perfil o tu semblante atisbando el color del nácar?.

»No hay otra igual, o al menos para mí» dicen unos; »yo he tenido desde siempre dos amores, el de mi esposa y el de Ella» comentan otros.

Por eso, la cal en las fachadas esbozan un brillo aún más latente, como si esperaran una nueva ocasión para lucir sus mejores galas. Así lo descurí yo en Mairena, hasta lo murmuran las últiman golondrinas antes de abandonar sus nidos desde lo alto de las chimeneas o de la Iglesia su campanario. Hablar de la Corredentora del mundo en esta tierra, es decir ¡Santa María del Rosario!

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