NUNCA, SE HA DE PERDER

Por Antonio Vázquez Bayón.

Sevilla, 24 de Septiembre del 2019.

Las hojas del almanaque han corrido como la pólvora para ahora comenzar la cuenta atrás por días para el fin de un año más.

Un año lleno de buenos momentos, vivencias que nunca habían pasado, sentimientos despertados en el corazón de la siempre viva juventud, nuevas amistades que formarán parte de la gran familia de cada uno de nosotros… Un sinfín de cosas maravillosas.

Sin embargo, no todo es alegría, diversión o una juerga para muchas personas… En otras, su corazón se ha revestido de tan negro luto que se ven incapaces de continuar hacia adelante en los quehaceres que les va ofreciendo el sendero de la vida, ven como si al final del camino sólo hay oscuridad, ni tan siquiera un atisbo de la continuación de su personalidad… Eso le había ocurrido, a ella.

Isabel, caminaba paso lento, sin prisas, ni pausas… ni tan siquiera buscaba un por qué a esa lentitud, pues veía que en su vida, nada albergaba sentido alguno.

Había perdido al que era su compañero de inquietudes, de pasiones, de deseo y de proyectos de futuro… Un coche había sido el causante de la desparición por siempre de su marido; mas no quedaba ahí todo, pues a los dos años de tan horrible tragedia, su pequeño, su niño del alma, su Carlos, le habían detectado pérdida de visón crónica que lenta pero inevitablemente le haría quedarse invidente por completo…

Ya había llegado a casa. Subió las escaleras que daban acceso a su salón donde se hallaba el niño con Aurora, la madre de Isabel, quien animaba al mocito tarareando diversas notas musicales de lo que parecía hacer sentir un hinmo, un cántico de alabanza.

La mujer, notó la presencia de su hija.

– ¡Vamos Carlitos! – dijo la anciana – con cuidado vete a tu cuarto que ahora te ayudo a ponerte el pijama hijo.

Al pasar al lado de su raíz femenina, el niño exclamó feliz : ”¡Mami!”, abrazándose a la pierna de Isabel de forma torpe por la gran anchura de las gafas de sol que se le habían recetado para no tener mucho sufrimiento en los ojos.

La joven, besó los cabellos dorados de su retoño.

– ¡Vamos cariño! – le ordenó de forma cariñosa Isabel – Haz caso a la abuela anda, que si no ya sabes que se enfada.

Carlos obedeció a su madre, y con su pequeño bastón fue paulatinamente hasta la habitación que tenía preparada en el mismo salón para así evitar subir las escaleras.

Al cerrar tras de sí la puerta, Aurora fue a abrir los brazos para ceñir contra su pecho a su hija quien de nuevo empezó a llorar. Sabía de sobra que todo iba a finalizar así.

– Cariño – consolaba Aurora – Se que ha sido todo muy doloroso para ti. Has perdido a Héctor y en muy poco tiempo lo de la vista de ”Carlitos”… Pero no puedes estar siempre vagando por las calles sin cesar de llorar, no es bueno para tu salud ni para tu persona, debes intentar reponerte, ser fuerte… Y sobre todo, hay que tener fe mi vida.

– Mamá, yo no podría por mucho que siguiera ocurriendo, sea bueno o malo para tener fe. ¿Dónde estaba Dios cuando se llevaron en el paso de cebra a Héctor y murió al momento? ¿Dónde estaba Dios cuando el médico dijo lo del niño? No mamá… ya estoy cansada de tantas tonterías, ya he sufrido en vano rogando a algo o a alguien que no existe… Voy a tirar la basura, ahora vengo.

La muchacha dejó con la palabra en la boca a su madre, y cerró tras de sí con un fuerte golpe la puerta de su hogar.

Cogió y se fue hacia la acera de enfrente donde se hallaban los contenedores y a unos ciencuenta metros un banco donde estuvo largo tiempo sentada, mirando al manto con el que se había cubierto la noche de miles de estrellas. ”Cuanta belleza”, se decía así mismo, ”Ojalá mi niño pudiera contemplar toda esta belleza como la aprecio yo…”

A los quince minutos de estar sentada, paseaba por el lugar una mujer de la misma edad que Isabel, quizá algo menos, salvo que vestía con harapos, zapatillas destrozadas de tanto usarlas y un pañuelo le resguardaba la cara del frío que asolaba.

Detrás de él, se ocultaba el rostro color canela de una jovencísima mujer (no más de dieciocho, diecinueve años) que también lloraba entristecida.

Se acercó a Isabel, y con cautela y mucha educación preguntó :

– Disculpe señora, no conozco mucho este barrio. ¿Sabría indicarme hacia dónde está el hospital más cercano? Estoy enferma y llevo caminando durante varias horas y nadie me quiere responder por mi aspecto y mi estado económico.

Ella, se compadeció y sintió rabia por el mal que le habían causado. Se levantó del banco y le dijo :

– Claro, está a unos quinientos metros de aquí, yo te acompaño sin problemas.

– No, no hace falta señora, no quisiera molestarla de verdad, creo que sabría llegar-

– Para nada, guapísima. No significa ningún problema para mí. Vamos, que hace frío y no es bueno que tú, estando ya enferma empeores aún más.

Dicho y hecho. Juntas caminaban por los callejones de un barrio que tenía sabor centenario y milenario, solera que quizá otros muchos nunca lo habrán podido apreciar en las arterias de sus entrañas.

Al fin, tomaron una de las más anchas avenidas de la zona donde a los lejos se divisaba la clínica y la joven muchacha se detuvo.

– Ya lo veo, ya no es necesario que me acompañe más. No sé como darles las gracias en serio, ha sido usted muy amable y se le ve una mujer tan bondadosa y humilde.

Isabel, ante dichas palabras no pudo evitar el sonreír.

– Uno siempre ha de ser bueno con los demás, si quiere que lo quieran, respeten y lo socorren a lo largo de esta senda como son nuestras vidas…

Isabel, calló un minuto al contemplar las manos de la joven… algo tenía que les resultaban familiares, como unas curiosas manchas principalmente expandidas sobre su mano derecha entre los dedos corazón y anular.

Volvió a dirigirse :

– Bueno, que tengas mucha suerte y que te vaya bien… bonita.

No terminó de girar sobre sí, cuando la misteriosa mendiga pronunció algo que paralizó y erizó la piel de ella.

– Sé que lo has pasado muy mal, pues lo sé todo lo que acontece cerca e incluso lejos de mi persona… Tranquila, pues ”Carlitos” se pondrá bien y volverá a ser el que un día conociste… Por cierto, Héctor me ha dicho que te ama con locura…

– Pero, ¿cómo sabes tú…?

No estaba, había desaparecido de la nada… Era algo desconcertante e insólito. Si había sido la primera vez que se habían visto.

El camino de vuelta a su casa lo hizo pensativa y algo preocupada… ¿de dónde sacó toda esa información? Era prácticamente imposible.

Así estuvo hasta que llegó a la puerta de su casa, abrió y tomó las escaleras hasta que en la mitad se escuchó el sollozo de Aurora, un sollozo de alegría… y las risas de su niño correteando como… como hacía años que no lo percibía.

Subió rauda y al llegar al picaporte de entrada del salón, cayó de rodillas al suelo.

No podía estar pasando, no estaba sucediendo… ”Carlitos” corría de un lado a otro, sin gafas, sin bastón porque podía ver… Y cuando el niño notó la presencia de su madre, fue a su encuentro exclamando :

– ¡Mami, ya puedo verte otra vez, y eres muy guapa, te quiero mami!

Isabel, lo abrazó y seguidamente por detrás, Aurora abrazó a sus dos tesoros con lágrimas emocionadas si, mas también de agradecimiento. Y mirando hacia la ventana, lo dijo todo con una simple frase :

– Gracias… gracias, por todo…

Y es que tras la ventana, a muy pocos metros de su casa, una muralla defendía el barrio de esta familia, una barrio que obstentaba el privilegio de tener un arco como puerta, y a su vera la Casa donde habitaba la más ilustre de sus vecinas.

En su interior, allí estaba : una Mujer dulce y muy joven, no llegaría a los veinte… dieciocho o diecinueve años, rostro de canela al igual que toda su piel, boca fina y entreabierta que hacía percibir su perfecta dentadura de marfil, mirada dulce y sosegada mientras también su rostro caían cinco pétalos cristalinos que van dándole brillo a la risa de su pena… Y en sus manos, algo muy peculiar : unas manchas que eran más palpables sobre su mano derecha, en concreto, sobre sus dedos corazón y anular.

¿Curioso… verdad? Yo no lo creo así… Pues en esta vida podemos tener en nuestro poder multitud de cosas, podemos dejarlas a un lado o en ocasiones la desgracia de perderlas… sin embargo, nunca, jamás, en la vida debemos dejar que se escape de nuestros dedos unos de los bienes más preciados que tenemos los sevillanos.

Habrá multitud de ”baches” que nos hagan caer por la vía de nuestro destino, males que nos atormenten… mas nunca, recalco, nunca debemos dejar que no nos ampare… pues eso… la Esperanza… Una Esperanza auténtica, única y verdadera… la que hasta puede presumir de llevar nombre y apellido, por su gente… Esperanza… y Macarena.

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