Porta Coeli

Por Antonio Vázquez Bayón.

Sevilla, 4 de Octubre del 2019.

Un día más, había florecido en una de las ciudades donde el mundo ansía reflejarse ante la grandiosidad de su cultura, historia y simpar belleza que a forasteros venidos desde lejanas y extrañas tierras, dejan absortos de tal forma que para ellos, las arenas del tiempo no iban y venían, todo se detenía.

Sus convecinos, cada uno en su lugar de origen o vivienda, realizando su quehacer diario: acercarse a la tienda para comprar algunos alimentos faltos de última hora por la visita inesperada de algún familiar, una ojeada sobre alguna prenda que llevaban días intentado llevarse para algún evento importante, la risa sobre la barra de los bares en los cuales, los debates y las tertulias se prolongaban hasta casi la hora de la siesta.

No solamente eso, pues son muchas las personas que viven en los aledaños de la capital hispalense, quiénes también vienen para intentar satisfacer sus necesidades, de una manera u otra, otros vienen simplemente para pasar un buen rato con un paseo… y muchos, aunque no se aprecie con tanta nitidez, vienen a buscar consejo, pero el de alguien especial… alguien conocido pero a la vez enigmático.

Tras haber bajado del autobús por la vieja Ronda Histórica, Carmela tomó el brazo de su nieto David para poder avanzar con mayor comodidad, puesto que la edad había hecho huella en ella: su rostro marcado de surcos por la veteranía mejor marcadas por las gafas que tenía para las distancias cercanas, sus cabellos coronados por la presea nevada de la vejez… y siempre una sonrisa en sus labios, a pesar de que su Paco la dejó cinco años atrás para reunirse en las Alturas con sus suegros.

Cada paso que daban, parecía hacer respirar a la urbe, en el recuerdo a los siglos de antaño, reflejado más allá de intra muros y sobre las almenas de la vieja muralla que sirvió como defensa del posible ataque de los bárbaros invasores.

Entre tanto, la mujer no paraba de hablar con su querido »niño», a pesar de que el muchacho había superado la edad de los 20. Estaba muy nerviosa e ilusionada-

-¿Cómo será aquéllo David? ¿Será grande o pequeño?

-Tranquila abuela, te va a encantar. Vas a disfrutar como nunca de Ella y más cerca todavía.

-¡Ay…! Hacía ya por lo menos un par de años que no venía… parece mentira. Me da tanta pena que tu abuelo no esté aquí para ver tanta maravilla en unos minutos. Pero bueno, se que está bien en su compañía y no lo habrá dejado solo.

-Desde luego que no. Conociéndola, estará a su más próxima vera.

Finalmente, se detuvieron. Ambos se miraron; el silencio que hubo entre los dos bastó para saber lo que pensaban igual ante lo aparecido en sus miradas. Un gran arco, color blanco y dorado albero, se abría ante los visitantes siento primitivamente una de las puertas de acceso al interior de las viejas callejuelas con regusto a añejo barrio del ayer. A la diestra de la gran construcción, una gran plaza peatonalizada. En frente de la misma, una Casa, un templo de orbe cristiana que hacía juego con el gran portón se alzaba altanero hasta alcanzar el mismo firmamento celeste por la altura de su espadaña.

Carmela apretó aún más su mano contra el brazo de David. Estaba muy nerviosa y la emoción podía con ella. Los recuerdos, estaban haciendo acto de presencia en su mente.

El joven, lo percibió, y tomó con su mano la de su abuela.

-¿Estás bien, abuela?.

-Sí. Sólo estaba recordando cuando el coche me dejó en el atrio y yo andaba por aquí, vestida de novia.

De nuevo sonrieron. David retornó a hablar para tomar la conversación antes de que Carmela pudiera decir algo.

-Nos está esperando dentro. No deberíamos hacerla.

-Es verdad, cariño. Llévame hasta su habitación… tengo muchas ganas de verla en esa intimidad donde no tanta gente nos pueda molestar en nuestra conversación.

Tomaron uno de los pequeños postiguillos para acceder al interior de las estancias. Sobre el techo, imponentes frescos que hacía parecer aquel edificio de la mitad del siglo XX en la influencia de un barroquismo traído desde Roma, como una pequeña »Capilla Sixtina» en la parte occidental de Andalucía. Accediendo por el pasillo central que era flanqueado por más de un centenar de bancos, al fondo… Ya los estaba viendo.

Tras la inclinación como señal de respeto a la Anfitriona de la Morada, tomaron por las habitaciones donde descansaba todo el ajuar de la Señora y el de su Primogénito. Por un nuevo acceso desde sus armarios, pudieron tomar la antesala, como si una audiencia en el palacio de una recta soberana se tratase.

Al final, tras la afirmación del centinela custodio de la alcoba, entraron. Carmela quedó asombrada ante lo que sus ojos estaban contemplando… toda una joya arquitectónica; muchos aún lo siguen meditando ¿hablaría Marmolejo con Vulcano? ¿Le pediría yuda para crear tan magna obra a la altura de la enviada por el Creador a la Tierra? Nunca lo sabremos. Lo que si se veía a ciencia cierta, era la espalda de la Dueña de toda aquella maestría cincelada entre el oro y la plata, entre medio una reja perfectamente tallada, como si el hierro fuera un simple molde para darle vida y forma.

Carmela y David, se arrodillaron con sus manos unidas y los ojos nublados de lágrimas ante la emoción desmedida en un estallido gozoso, del que era imposible irse. Era normal… tantas vivencias, momentos y sentimientos vividos desde el dulce beso de la niñez, pasando por las caídas propias de la adolescencia y el refuerzo de la madurez. Juró amor eterno con su marido, presentó a sus hijos en el rebaño de los seguidores del Nazareno de Galilea, la entrega de su cuerpo por vez primera y tantos otros menesteres guardados en las alforjas de su viejo corazón.

En un breve susurro, la abuela se dirigó a su nieto con la voz algo temblorosa:

-Gracias, »pare mío»… nunca olvidaré este regalo que me has hecho trayéndome hasta aquí, por tu paciencia y tu endereza… Gracias mi niño, gracias por todo.

Así quedaron, apreciando el comienzo del velo de la Mujer como novia que va va en alegres bodas, con su tiara coronado su cabeza con oro, atenta a cualquier otro mortal que requiera de su atención.

En uno de los espejos del habitáculo de esta singular Dama, se podía apreciar el reflejo de uno de sus atónitos perfiles, donde desde hace años atrás, viene una cariñosa cuestión sobre su Natividad ¿ríe, o llora? ¿sufre, o se alegra? ¿medita, o intenta actuar? La incógnita, la respuesta a tan largo cálculo, nunca lo averiguaremos ¿para qué? si aún así la felicidad ofrecida por su rostro, nos deja tranquilos y asegurados de su protección o cobijo entre los perfectos bordados de su manto.

Por tanto, lo eres todo para aquel que haya germinado su nacimiento en la ciudad de Sevilla. Como dijera el Señor sobre la Parábola del buen samaritano, eres agua sobre el mármol de una fuente donde beben los sedientos peregrinos andando por esos caminos que envaucan a cometer la encrucijada del pecado, has sido y eres ropjaes para quién pasa frío y comida para el hambriento el cual, no pueda llevarse nada caliente a la boca por su estado económico. Unn mensaje que has sabido trasmitir a través de la Palabra y la Vida del Todopoderoso, autor de las grandes obras sobre tu figura altanera.

¡Ay…! Mi querida chiquilla. ¿Nunca te has percatado? entre los cristales que van recorriendo tus mejillas, se atisba el dolor ante la cruel condena entre las manos maniatadas de tu Hijo quién acepta su Sentencia de muerte tras un mar de plumas blancas que marcan al compás de tambor su paso, al marcar la medianoche en la »Madrugá» del Viernes Santo… y a la tercera jornada, como dictan las Sagradas Escrituras, en tus labios se empezó a esbozar la sonrisa que antecedía la Gloria de la Resurreción ante el sepulcro vacío.

No sabría decir, si eres más guapa, o más bonita… o ambas cosas a la vez. No lo sé; mas se, que cada vez que subo las escaleras apoyando mi mano derecha sobre la barandilla, toda desdicha mundana se va disipando, y al ponerme tras de ti viendo como acoges a cualquiera de los tuyos que habitan en los aledaños de tu barrio, no tiene precio ni se podría comparar con ninguna otra maravilla en el mundo.

Ese, es el secretismo mejor guardado que se oculta entre las cuatro perfeccionadas paredes de tu camarín, cada vez que tenemos la valentía de entrar en él. Dudo que tras la muerte, lo encontrado allá arriba tendrá que retirarse como un tupido velo, porque viéndote como te veo Santa Virgen Macarena, admiro la misma »Porta Coeli»… la Puerta del Cielo.

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