EL DIARIO COFRADE

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La magia sin focos: así laten las cabalgatas más auténticas de los pueblos andaluces

En Andalucía, la cabalgata de Reyes es un termómetro emocional que revela cómo cada pueblo entiende la ilusión, la tradición y la convivencia. Lejos de las grandes capitales, donde los desfiles se miden en cifras y focos, los pueblos andaluces conservan una forma más íntima y auténtica de celebrar la noche del 5 de enero. Allí, la magia no depende del presupuesto, sino de la implicación vecinal, de la creatividad artesanal y de una memoria colectiva que se renueva cada año. Y es en ese mapa de pequeñas localidades donde se encuentran algunas de las cabalgatas más singulares y con más encanto de toda la comunidad.

La más sorprendente, por su formato único, es la de Higuera de la Sierra, en Huelva. Desde 1918, el pueblo se convierte en un museo viviente: las escenas permanecen inmóviles, los figurantes sostienen la pose con una solemnidad casi litúrgica y el público avanza en silencio, como si recorriera un retablo nocturno. No hay estridencias ni música atronadora, solo una atmósfera de contemplación que transforma la ilusión infantil en una experiencia estética y espiritual. Es una cabalgata que no se mueve, pero que conmueve profundamente.

Muy distinta, pero igualmente especial, es la cabalgata de Carmona, donde la tradición se mezcla con un despliegue visual que sorprende a quienes no conocen la fuerza de la participación vecinal. Las carrozas, elaboradas con mimo durante semanas, avanzan entre calles que parecen un teatro al aire libre. La lluvia de caramelos y regalos es casi un sello de identidad, pero lo que realmente define a Carmona es la implicación de sus vecinos: hermandades, asociaciones y familias enteras que convierten el cortejo en un acontecimiento colectivo. Aquí la cabalgata no se contempla: se vive.

La provincia de Sevilla es, en sí misma, un pequeño universo de cabalgatas con personalidad propia. En Utrera, la cabalgata se ha convertido en un acto comunitario donde las hermandades y colectivos locales imprimen un sello cálido, familiar, profundamente utrerano. No es solo un desfile: es un encuentro entre vecinos que celebran juntos la ilusión, una tradición que se transmite de padres a hijos y que convierte las calles en un espacio de convivencia

En Guillena, los participantes pasan inmóviles las 3 horas de duración. Además, tienen que soportar el frio con la ropa que llevan para encarnar a los personajes y que en la mayoría de los casos es muy ligera y proporciona escaso abrigoAquí la cabalgata es casi una fiesta popular en movimiento, donde cada carroza refleja el trabajo colectivo de un pueblo que se vuelca por completo.

Más allá de Sevilla y Huelva, la magia se extiende por toda Andalucía rural. En la Alpujarra granadina, los Reyes Magos recorren pueblos que parecen suspendidos entre la montaña y el cielo. En Pampaneira, las calles empedradas y los tinaos iluminados crean un escenario íntimo donde el cortejo avanza despacio, casi en procesión.

En Bubión y Capileira, los Reyes suelen llegar a caballo o en mulas, recuperando una imagen que parece sacada de otro tiempo, mientras los vecinos se asoman a balcones blancos que cuelgan sobre barrancos.

En Lanjarón, la cabalgata serpentea entre fuentes y callejuelas donde el agua es parte del paisaje emocional del pueblo. En Órgiva, la capital espiritual de la comarca, la cabalgata mezcla tradición y diversidad cultural, reflejando la convivencia que caracteriza al valle. Y en Trevélez, uno de los pueblos más altos de España, la nieve —cuando aparece— convierte la llegada de los Reyes en una escena casi cinematográfica, con los niños recibiendo caramelos bajo un aire frío que parece hecho a medida para la magia.

En la Sierra de Cádiz, la tradición se mezcla con el carácter serrano de sus pueblos. En localidades como Ubrique, Grazalema o El Bosque, la cabalgata se convierte en un acontecimiento que involucra a todo el pueblo. Las carrozas suelen ser artesanales, elaboradas con materiales reciclados o con técnicas tradicionales, y los Reyes recorren calles empinadas donde el público se agolpa en balcones y plazas diminutas. En algunos pueblos, la llegada se hace a caballo o acompañada por agrupaciones locales que aportan un toque musical propio, creando un ambiente que combina fiesta, cercanía y un profundo sentido de pertenencia.

En Montilla, en la campiña cordobesa, la cabalgata tiene un encanto especial porque son las AMPA de los colegios las que confeccionan carrozas y vestuarios. Es una cabalgata hecha a mano, literalmente, donde cada detalle lleva el sello de madres, padres y docentes que trabajan durante semanas para que los niños vivan una noche inolvidable. Y como Montilla, decenas de pueblos andaluces mantienen viva la tradición con recursos modestos pero con una enorme riqueza emocional.

En todos estos lugares, la cabalgata no es un espectáculo que se mira desde la acera, sino un ritual que se comparte. Los niños suben a las carrozas porque sus padres las han construido; los caramelos se reparten a mano; los trajes se cosen en casas particulares; las luces se cuelgan entre todos. No hay grandes presupuestos, pero sí una creatividad desbordante y una implicación vecinal que convierte cada cabalgata en un acto de identidad. Desde la quietud mística de Higuera de la Sierra hasta la alegría contagiosa de Guillena, pasando por la calidez de Utrera, la artesanía de Montilla, la magia blanca de la Alpujarra o la fuerza serrana de Cádiz, Andalucía demuestra que la noche de Reyes puede adoptar tantas formas como pueblos tiene. Y que, en cada uno de ellos, late una historia distinta, un modo propio de entender la ilusión y una manera única de mantener viva la tradición.