EL DIARIO COFRADE

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El cartel de la Pastora de Cantillana 2026 reivindica la memoria visual perdida y convierte la devoción en una obra viva para el pueblo

Sevilla, a 10 de agosto de 2026

Cantillana vuelve a anunciar septiembre antes de que llegue septiembre. Lo hace con ese lenguaje secreto que solo entiende quien ha nacido bajo el vuelo de las golondrinas y el sonido antiguo de una devoción que no conoce interrupciones. Este año, ese anuncio toma forma en el cartel de la Hermandad de la Pastora, una obra de Juan Miguel Martín Mena que no se limita a representar una imagen: reconstruye una memoria colectiva, la ordena en capas y la entrega al pueblo como si fuera un tesoro recién desenterrado.

El artista ha querido mirar atrás, mucho más atrás de lo habitual, para recuperar la estética de aquellos carteles de ferias y fiestas del final del siglo XIX y comienzos del XX, cuando la ilustración, la ornamentación y la tipografía no eran elementos separados, sino un único cuerpo artístico. Esa inspiración se percibe desde el primer golpe de vista: el cartel no es una imagen acompañada de letras, sino una pieza que respira como un objeto antiguo, como si hubiera sobrevivido a generaciones de pastoreños.

La obra está realizada en técnica mixta sobre papel de algodón encolado a tabla, con grafito, acuarela, acrílico, y un trabajo minucioso de collage con papel, textiles e imágenes transferidas. Pero más allá de la técnica, lo que define el cartel es su arquitectura emocional. Martín Mena ha construido la composición como si el tiempo hubiera ido dejando capas superpuestas de historia, papeles rasgados que revelan huellas de tantos septiembres vividos. Cada fragmento invita al espectador a mirar más adentro, a descubrir que la devoción no es solo un sentimiento: es una sedimentación de recuerdos.

Entre esas capas emerge un antiguo cartel de la Divina Pastora, casi desvanecido, donde se adivinan restos de textos inspirados en los cultos del siglo XIX. El artista toma como referencia el cartel de 1863, el más antiguo conservado, y lo integra como si fuera un eco que aún resuena. De ese pasado brota la figura de la Divina Pastora con mantilla, sombrero y joyas, preparada para salir a la calle, para reencontrarse con su pueblo. Todo en la obra conduce la mirada hacia Ella, como si el cartel entero fuera un camino que desemboca en su presencia.

Uno de los elementos más poderosos es el rosal que cobija a la Virgen, cuyas ramas rompen deliberadamente el límite del cuadro y avanzan hacia el espectador. Ese gesto no es casual: el rosal simboliza el corazón del pastoreño, que cada septiembre se desborda y se adueña de Cantillana cuando la devoción abandona la intimidad de la casa y se convierte en un fervor compartido. Las ramas que se salen del marco son la metáfora perfecta de ese desbordamiento emocional.

Los destellos de luz que salpican la composición evocan los fuegos artificiales que anuncian el paso de la Pastora por la calle Martín Rey, ese instante irrepetible en el que la emoción contenida durante todo un año estalla con fuerza. Es el momento en que Cantillana deja de mirar hacia dentro y se abre por completo, en comunión, en júbilo, en verdad.

El cartel incorpora también el escudo de la Hermandad y las cintas con los colores de España, recordando el arraigo histórico y popular de unas fiestas que son identidad antes que celebración. Pero quizá el gesto más delicado y simbólico de la obra está en las flores que envuelven la composición: no están pintadas, sino que son bordados auténticos recortados de antiguos mantones de Manila, integrados mediante collage. Martín Mena convierte así el cartel en un mantón de seda, tejido con símbolos, recuerdos e historia.

Y, sin embargo, el artista insiste en que el cartel está incompleto. Falta el remate más importante: el fleco que solo Cantillana puede tejer. Cada viva, cada Salve, cada oración, cada aplauso y cada lágrima serán los nudos invisibles que completen ese enrejado. Desde este momento, la obra deja de pertenecerle a él para pasar a manos de quienes verdaderamente le dan sentido: los pastoreños, los únicos capaces de flecar con autenticidad una devoción que no se aprende, sino que se hereda.