Sevilla, a 12 de abril de 2026
El cartel de las Glorias alcalareñas de este año nace de la mano de Pablo Rosa Rodríguez y se presenta como algo más que una imagen: es, en palabras del propio autor, “un verdadero pregón pictórico, un susurro de fe hecho color, luz y memoria”. La pintura, dedicada a la Virgen del Rosario de Santiago, Titular de la Hermandad de la Misericordia, se convierte en un puente entre siglos de devoción y el presente vivo de un pueblo que sigue mirando a su Madre con la misma emoción de siempre.
La obra late desde sus raíces más profundas, hundidas en la histórica Archicofradía Dominica del Rosario de Santiago el Mayor, documentada ya en 1579. Desde entonces, generaciones de fieles han depositado en la Virgen sus plegarias, sus silencios y sus esperanzas, tejiendo una devoción que ha resistido épocas de esplendor y momentos de decadencia. Esa fidelidad inquebrantable es el pulso que sostiene la pintura, que no se limita a evocar el pasado, sino que abraza también el renacer reciente de la Hermandad.
Ese renacer tiene un año grabado en la memoria: 2004, cuando un grupo de jóvenes —“casi niños entonces”, recuerda el autor— decidió volver la mirada a lo que siempre había habitado en su corazón: la Virgen del Rosario. Movidos por un amor sencillo, puro, nacido en la infancia, retomaron su culto y devolvieron vida a una Hermandad que nunca debió perderla. Ese impulso juvenil, lleno de ilusión y sacrificio, se convierte hoy en símbolo de continuidad, en testimonio de que la fe no se hereda: se revive.
En el centro de la composición se alza la Virgen del Rosario, majestuosa y serena, columna vertebral de la obra. Su rostro dulce transmite una paz que parece detener el tiempo. Los pendientes de pedrería en relieve y la corona modelada con volumen no son adornos, sino signos visibles de su realeza celestial, destellos que transforman la luz en devoción. Todo en Ella habla de belleza cercana, de una Madre que escucha, que acoge, que guía.
En sus brazos descansa el Niño Jesús, convertido no solo en figura, sino en mensaje. Sus potencias tridimensionales irradian divinidad, mientras la pequeña cruz que sostiene —adornada con piedras de colores— se convierte en símbolo eucarístico y corazón teológico de la obra. En esa cruz diminuta se resume el misterio mayor: el amor entregado, la esperanza que no muere, la vida que nace del sacrificio.
A los pies de la Virgen, dos ángeles completan el relato. El que sostiene el rosario representa la inocencia y la juventud de los hermanos actuales, herederos de aquel grupo de 2004 que reavivó la devoción. El ángel que porta el cetro es un homenaje silencioso a los que ya no están, a quienes dedicaron su vida a la Hermandad: una memoria que permanece viva mientras alguien la recuerde.
El fondo de la pintura es un escenario emocional y geográfico. La torre de Santiago el Mayor se alza firme, guardiana de la fe del pueblo. El cielo, teñido por los colores cálidos del atardecer, no anuncia un final, sino un tránsito: la luz que simboliza la esperanza y la eternidad, la hora en la que el alma se eleva y la Virgen parece aún más cercana. Las llaves del escudo de Alcalá y la corona completan la identidad del cartel, recordando que esta devoción no es abstracta: pertenece a un pueblo, a sus calles, a su historia y a su gente.
La obra no solo se contempla: se siente. Es una oración hecha pintura, un abrazo entre el ayer y el hoy, entre los que fueron, los que son y los que vendrán. Es una declaración de amor a la Virgen del Rosario y a su Hermandad, un testimonio de fe viva que se desgrana, como el rosario que pende de sus manos, cuenta a cuenta en el corazón de Alcalá.
Y cuando la mirada se detiene, cuando el alma comprende lo que el corazón ya intuía, solo queda agradecer. El autor lo expresa con emoción: “Gracias a la Virgen del Rosario por ser mi faro durante estos meses… gracias a todos los que fueron, a los que son y a los que vendrán”. Agradece también a quienes confiaron en él, al apoyo constante de su familia y de sus hijos.
Por eso, esta obra no quiere ser un final, sino un comienzo. Que cada trazo siga hablando en el silencio, que cada color siga emocionando en la memoria, que cada detalle siga despertando la devoción más sincera. Porque, como afirma el autor, “mientras exista un corazón que rece, una mano que pinte y una mirada que sueñe… la historia seguirá viva.”
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