EL DIARIO COFRADE

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La «Madruga» en Sevilla que ya no cabe. Tensiones, crecimientos desbordados y un modelo que exige una reforma

Sevilla, a 1 de enero de 2026

La Madrugada de Sevilla atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia reciente. Lo que durante décadas fue un engranaje admirable, capaz de sostener la noche más intensa y simbólica de la Semana Santa, hoy se encuentra tensionado por un crecimiento que ha desbordado cualquier previsión. La propuesta de adelantar quince minutos el inicio de la jornada, planteada para repartir ese tiempo entre la Macarena, el Gran Poder y la Esperanza de Triana, ha terminado destapando un conflicto mayor: el cruce entre El Silencio y la cofradía de San Gil, un punto crítico que se ha vuelto casi irresoluble dentro del marco actual.

Para evitar que la Macarena quede bloqueada en su salida, se ha sugerido que El Silencio realice un rodeo por Amor de Dios, Delgado y Jesús del Gran Poder. Sin embargo, en San Antonio Abad la idea no ha sido bien recibida. Miembros de la hermandad han expresado que, si el adelanto horario apenas concede unos minutos reales de margen, prefieren mantener su recorrido tradicional y ajustar el ritmo antes que modificar un itinerario que forma parte de su identidad. La resistencia no responde a una cuestión estética, sino a la sensación de que la Madrugada está tan comprimida que cualquier cambio, por pequeño que sea, provoca un efecto dominó que termina perjudicando a todos.

El verdadero problema, sin embargo, no está en un rodeo ni en un cuarto de hora más o menos. Los datos del Consejo de Hermandades confirman que la Madrugada ha experimentado un crecimiento de extraordinarias proporciones en apenas dos años: de 9.923 nazarenos se ha pasado a 14.232, un aumento del 43,4% que ha llevado a la jornada a un límite material. La Macarena supera los cuatro mil hermanos en fila, la Esperanza de Triana rebasa los tres mil, y tanto el Gran Poder como Los Gitanos superan los dos mil quinientos. Nunca antes coincidieron en una misma noche cortejos de tal magnitud.

Mientras tanto, la carrera oficial apenas ha ganado cincuenta minutos en década y media. Si los tiempos de paso crecieran al mismo ritmo que los cortejos, la Madrugada superaría con holgura las nueve horas y media en Campana y Catedral. Con los ritmos de 2009 aplicados al volumen actual, la última cofradía —Los Gitanos— pasaría por la Campana más allá de las once y cuarto de la mañana, un escenario incompatible con los límites naturales de la jornada y con la presencia aún en la calle de hermandades del Jueves Santo. La Madrugada, sencillamente, ya no cabe en sí misma.

El reparto actual de minutos entre las hermandades refleja un desequilibrio evidente. El Gran Poder dispone hoy de un minuto menos que en 2009 pese a haber sumado más de quinientos nazarenos. El Calvario pierde dos minutos con casi trescientas túnicas más. El Silencio gana diez, insuficientes para absorber su crecimiento. Y las tres grandes —Macarena, Triana y Gitanos— apenas han recibido entre doce y dieciséis minutos adicionales pese a haber duplicado prácticamente sus cortejos. Si cada hermandad dispusiera del tiempo proporcional a su tamaño actual, la Macarena necesitaría más de tres horas de paso, Triana casi dos horas y media y Los Gitanos cerca de dos. Cifras que, dentro del marco actual, resultan imposibles.

La Madrugada comienza cuando aún procesionan cofradías del Jueves Santo y termina cuando el Viernes Santo ya avanza hacia la tarde. No hay más minutos que repartir, no hay más calles que abrir, no hay más margen para improvisar. Los parones, los cruces tensos y los retrasos no son fallos puntuales: son la consecuencia directa de un modelo que ha quedado pequeño para la realidad actual.

Las seis hermandades y el Consejo afrontan ahora un debate que ya no admite aplazamientos. La cuestión no es si habrá cambios, sino qué profundidad tendrán. Reordenar la jornada, revisar itinerarios, redistribuir tiempos o incluso replantear el esquema completo son opciones que, hasta hace poco impensables, hoy se presentan como inevitables. La Madrugada de Sevilla sigue siendo un prodigio devocional y emocional, pero organizativamente ha llegado a un punto crítico. O se adapta, o seguirá viviendo cada año al borde del colapso.