A 20 de febrero de 2026
Las declaraciones de Ada Colau diciendo que “si se prohíbe el burka también habría que prohibir a los nazarenos de Semana Santa porque van tapados” han levantado un revuelo enorme, y con razón. La comparación no solo es desafortunada: es absurda, porque mezcla dos realidades que no tienen absolutamente nada que ver..
Para empezar, un nazareno se tapa la cara porque quiere, porque lo elige libremente y porque forma parte de una tradición cultural y religiosa que lleva siglos en España. Nadie obliga a nadie a salir de nazareno. No hay presión familiar, ni social, ni religiosa. Si no quieres salir, no sales. Punto. En cambio, el burka, y esto lo dicen asociaciones feministas, organismos internacionales y mujeres que lo han sufrido, no suele ser una elección libre, sino una imposición cultural o religiosa que recae sobre las mujeres. Y cuando una prenda nace de la obligación, del control o de la presión, ya no estamos hablando de lo mismo.
Además, los nazarenos salen unas horas, unos pocos días al año, en procesiones que están totalmente controladas por la policía. Su identidad la conoce la hermandad, están registrados, supervisados y rodeados de seguridad. No hay anonimato real. El burka, en cambio, se lleva todo el año, en cualquier lugar, sin control policial ni identificación posible. Y sí, esto genera un debate de seguridad que no es inventado. Si una persona va completamente tapada, no sabes quién hay detrás. Puede ser una mujer, un hombre, o alguien con antecedentes. No es islamofobia decirlo, es sentido común.
Otro punto clave es que los nazarenos no se tapan para ocultarse, sino por tradición. El burka, en muchos casos, sirve para invisibilizar a la mujer, para borrarla del espacio público. Y desde un punto de vista feminista, el feminismo real, el que defiende la libertad de las mujeres, es imposible mirar hacia otro lado. A muchas mujeres se les obliga a cubrirse el cuerpo entero, incluso el rostro, bajo amenaza de rechazo, castigo o presión familiar. Equiparar eso con una tradición voluntaria y festiva es, como mínimo, injusto.
Y luego está el tono del comentario. Cuando Colau compara a los nazarenos con el burka, no solo demuestra desconocimiento de la Semana Santa, sino que lanza un mensaje que muchos han interpretado como cristianófobo. Porque no es lo mismo criticar una tradición que insinuar que es comparable a una práctica que en muchos países simboliza la opresión femenina. Además, banaliza la seguridad de quienes participan en las procesiones, que están perfectamente identificados y supervisados.
Lo más llamativo de todo este asunto es que la comparación, en sí misma, no se sostiene ni medio segundo. Es como decir que un disfraz de Carnaval es lo mismo que un uniforme militar porque ambos llevan tela. Reducir el debate a “tapar la cara” es una simplificación tan burda que ignora el contexto, la libertad, la seguridad y hasta el sentido común. Equiparar una tradición voluntaria, cultural y supervisada con una prenda que en muchos casos simboliza control, imposición y desigualdad es, sencillamente, una comparación absurda, mal pensada y peor explicada. No es una cuestión de ideología: es que no hay forma lógica de poner ambas cosas en el mismo plano sin forzar la realidad hasta deformarla.
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