EL DIARIO COFRADE

Grupo Empresarial Brand Leader Comunicacion CIF B90418948 Director General Javier Serrato Marca Registrada calle Antonio Machado local 5a 41927 Mairena del Alajarafe tlfno 600 844 934

Huelva se une en un adiós histórico: miles de personas, los Reyes y la voz de las familias honran a las víctimas del accidente de Adamuz

Huelva, a 29 de enero de 2026

El Palacio de Deportes Carolina Marín de Huelva se convirtió este 29 de enero en el corazón espiritual de Andalucía. Bajo un silencio sobrecogedor, más de 4.300 personas se reunieron para despedir a las 45 víctimas del accidente ferroviario de Adamuz, en una misa funeral marcada por la solemnidad, la fe compartida y una emoción que atravesó cada rincón del recinto. La presencia de Sus Majestades los Reyes, Felipe VI y Letizia, que acompañaron a las familias durante toda la celebración, subrayó la dimensión humana y nacional de esta tragedia.

La Eucaristía fue presidida por el obispo de Huelva, Mons. Santiago Gómez Sierra, acompañado por el presidente de la Conferencia Episcopal Española, Mons. Luis Javier Argüello, el obispo emérito de Huelva, Mons. José Vilaplana, y el obispo de Córdoba, Mons. Jesús Fernández, junto a más de un centenar de sacerdotes. El altar, presidido por la Virgen de la Cinta y el crucifijo venerado por San Juan Pablo II en 1993, se convirtió en un faro de consuelo para los presentes.

En su homilía, Mons. Gómez Sierra habló desde la cercanía pastoral: “La tragedia ha irrumpido como un golpe inesperado… pero vuestro dolor no es anónimo: ha sido visto, escuchado y recogido por el Señor.” Sus palabras resonaron en un ambiente de recogimiento absoluto, sostenido por la Coral Polifónica de la Merced, que elevó la liturgia con un acompañamiento musical profundamente orante.

El momento que quebró el silencio: la voz de Liliana Sáenz

El instante más conmovedor llegó antes de la bendición final. Liliana Sáenz, hija de Natividad de la Torre, tomó la palabra en nombre de todas las familias. Su intervención, ya destacada por los medios nacionales como el momento más emotivo del funeral , se convirtió en un testimonio de dolor, gratitud y esperanza.

Con una serenidad que conmovió a miles de personas, Liliana comenzó agradeciendo a la diócesis por un funeral “presidido por quien debía presidirlo: Dios mismo, presente en el pan y el vino, bajo la mirada de su Madre”. Recordó la fe del pueblo andaluz, “que abraza la cruz para encontrar consuelo”, y dedicó palabras de profundo reconocimiento al pueblo de Adamuz, a los equipos de emergencia, a la sanidad andaluza, a Cruz Roja, a las fuerzas de seguridad y a la ciudad de Huelva, cuya humanidad, dijo,  “nunca olvidarán”.

Su mensaje incluyó una llamada serena pero firme a la búsqueda de la verdad, un sentimiento compartido por las familias y recogido también por la prensa nacional: “Trabajaremos para saber qué ocurrió, y lo haremos desde la serenidad.”

El momento más desgarrador llegó cuando habló de su madre y de todas las víctimas: “Ellos no son sólo los 45 del tren… eran nuestros padres, madres, hermanos, hijos o nietos. Eran la alegría de nuestros despertares y el refugio de nuestras penas.”

Su intervención culminó con una oración poética a la Virgen, invocando a las advocaciones marianas de Andalucía, y con una proclamación de esperanza cristiana: que el amor venza al odio, que la vida venza a la muerte y que llegue el día del reencuentro definitivo.

El funeral, seguido por miles de personas desde sus hogares gracias a la amplia cobertura mediática, contó con más de 160 profesionales acreditados y con la oración simultánea de más de doscientas comunidades religiosas en toda España. La organización fue posible gracias a la colaboración del Ayuntamiento de Huelva y la Diputación Provincial, que habilitaron transporte gratuito y un dispositivo sanitario permanente.

Al finalizar la misa, los Reyes se acercaron a los familiares, escucharon sus historias, abrazaron a los niños presentes y compartieron con ellos un largo momento de consuelo, un gesto que los medios han descrito como uno de los más humanos y cercanos de su reinado.

La ceremonia concluyó en un silencio profundo, casi sagrado. No fue un silencio vacío, sino un silencio lleno de nombres, de recuerdos, de lágrimas y de fe. Un silencio que unió a un pueblo herido, pero no vencido; un silencio que expresó lo que las palabras no alcanzan: la certeza de que la memoria permanece, que la comunidad sostiene y que la esperanza, incluso en la noche más oscura,  sigue encendida.