Córdoba, a 20 de febrero de 2026
El Vía Crucis de las Hermandades y Cofradías de Córdoba se ha convertido, desde su instauración en 1985, en uno de los actos más significativos de la Cuaresma cordobesa. Cada año, una imagen distinta preside este ejercicio piadoso que reúne a toda la ciudad en un camino común de oración. En esta ocasión, la presencia de Nuestro Padre Jesús de la Sangre, de la Hermandad del Císter, ofrece una oportunidad privilegiada para contemplar el misterio del Desprecio del Pueblo, momento decisivo en el proceso romano en el que Cristo es rechazado y humillado antes de ser condenado a muerte.

La escena que representa el paso de misterio sitúa a Jesús ante el pueblo, en el instante en que se escoge a Barrabás y se rechaza al Señor. En este contexto, la Hermandad ha querido subrayar la dimensión evangélica del pasaje incorporando dos elementos de enorme fuerza simbólica: la corona de espinas y la túnica blanca. La incorporación de la corona no responde a un criterio estético, sino a una intención catequética profundamente bíblica. Los evangelios narran cómo los soldados romanos coronaron a Cristo para burlarse de Él: «Trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y comenzaron a burlarse» (cf. Mt 27,29; Mc 15,17; Jn 19,2). Este gesto pertenece al escarnio previo a la condena, y por tanto encaja plenamente en la escena del Desprecio del Pueblo.

La talla de Antonio Eslava ya sugiere esta coronación: los regueros de sangre que surcan la frente y el rostro del Señor, la cabellera ondulada que deja espacio para la corona, la expresión de sufrimiento sereno… Todo ello hace que la incorporación de la corona no introduzca una lectura nueva, sino que visibilice lo que la imagen ya contiene. En la tradición andaluza, Cristo coronado de espinas es el Rey humillado, siguiendo modelos como el Jesús de la Pasión de Martínez Montañés. La corona, lejos de ser solo un símbolo de dolor, es también el signo de una realeza paradójica: Cristo reina desde la entrega, desde la humillación asumida por amor.
La túnica blanca, por su parte, tampoco es una licencia ornamental. En la Escritura, el blanco es el color de la pureza, de la inocencia y de la salvación. El Apocalipsis afirma que los redimidos «han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero» (Ap 7,14), y en el Éxodo se prescribe que los corderos pascuales debían ser sin mancha (Ex 12). Vestir al Señor de la Sangre de blanco es proclamar que, aun siendo despreciado, Él es el Cordero perfecto, el Inocente que carga con el pecado del mundo. El blanco anuncia ya la victoria pascual, recordando que la humillación no es el final, sino el comienzo de la gloria.
La unión de la corona de espinas y la túnica blanca crea una imagen de enorme fuerza espiritual. La corona expresa la humillación infligida por el mundo, mientras que la túnica proclama la inocencia del Hijo de Dios. En esta tensión se revela la paradoja central de la Pasión: el Inocente es condenado, y desde esa injusticia brota la Misericordia que salva al mundo. El lema del Vía Crucis —«La sangre derramada abre el camino de la Misericordia»— encuentra aquí su expresión más plena. La sangre que brota de la corona enlaza con la misión redentora de Cristo, que vence no desde la fuerza, sino desde el amor entregado.
La presencia de Nuestro Padre Jesús de la Sangre en el Vía Crucis invita a contemplar la Pasión con una mirada pascual. En su rostro herido se descubre ya la victoria de la Misericordia. La túnica blanca proclama su inocencia; la corona de espinas muestra el desprecio del pueblo; y la sangre derramada anuncia la salvación. Este Vía Crucis se convierte así en un camino hacia la Pascua, una catequesis viva que nos recuerda que el Rey coronado de espinas es el mismo que, con su sangre derramada, abre para todos el camino de la salvación.
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